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Doctrina Fundamental
 
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Capítulo 1

LA REVELACIÓN DE DIOS

 

I.   La necesidad de una revelación

 

Zofar indicó la dificultad de que el hombre lle­gase a conocer a Dios en su pregunta a Job: «¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?» (Job 11:7). La mente carnal es incapaz de comprender a Dios. Las investigaciones científicas se limitan forzosamente a lo material, y los sabios carecen de datos para poder penetrar en el secreto de la realidad espiritual, que se esconde detrás de la «apariencia» de lo que se percibe por los senti­dos. Ha de ser Dios mismo, pues, por su propia iniciativa, quien levante el velo. Esto es lo que quiere decir la palabra «Revelación»: «Descorrer un velo para poner de manifiesto lo que antes fue escondido.»

 

II.   Los medios de la revelación de Dios

 

A. Por las obras de Dios en la naturaleza (Sal­mo 19:1-6; Romanos 1:20). En el versículo que se cita de Romanos, Pablo insiste en que los idóla­tras quedaban sin excusa, ya que Dios, desde el principio, había revelado «Su eterno poder y dei­dad» a los hombres, por medio de Sus obras en la creación. Lo que se puede deducir acerca de la exis­tencia y la naturaleza de Dios por una considera­ción de Sus obras, con referencia especial al hom­bre, se llama la «teología natural». Por ejemplo, el hecho de que observamos un plan ordenado, tanto en los astros como en la célula orgánica más insignificante, delata la presencia del Gran Arquitecto. Esta revelación de Dios en Sus obras puede ser un principio de luz, pero no nos basta, pues no revela el amor de Dios ni señala ninguna provisión para la salvación del hombre pecador.

B. En la historia. Toda la historia de Israel en el Antiguo Testamento, y de la Iglesia en el Nue­vo Testamento, es una revelación de Dios, quien se da a conocer por Su intervención en los asun­tos de los hombres. «Mi Padre, hasta ahora, tra­baja, y yo trabajo», dijo el Señor a los judíos (Jn. 5:17). Los salmistas y los profetas apelan cons­tantemente a esta revelación de Dios para con­vencer a Israel de su pecado y para llamar al pue­blo al camino de la obediencia y de la fe. Para los israelitas, Jehová era siempre el Dios que les ha­bía sacado de la esclavitud de Egipto. Estudíense los Salmos 105 y 106, el primero de los cuales presenta la obra de Dios a favor de Su pueblo desde el punto de vista de Su propia fidelidad a Sus promesas, mientras que el segundo recapitu­la la misma historia para hacer resaltar la rebel­día del pueblo.

C. Por mensajeros divinamente inspirados. Éstos son los profetas del Antiguo Testamento, y los apóstoles del Nuevo Testamento. De su inspi­ración trataremos en el próximo estudio.

D. En Su Hijo (He. 1:1-3). Ésta es la revela­ción máxima y final que Dios ha dado de sí mis­mo. «Aquel Verbo», quien siempre había expresado el misterio de la deidad y había sido el Agente de la creación, «fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria...» (Jn. 1:14 y 18). Tanto el corazón como el pensamiento de Dios se manifiestan en un hombre y en las circunstan­cias de una vida humana. La revelación llega a su punto máximo en la Cruz y la Resurrección. Des­de luego, todo esto se relaciona también con la historia, porque los Evangelios, además de ser Palabra inspirada, son también documentos his­tóricos, de modo que la fe puede descansar con toda certidumbre sobre la Persona de Cristo que en ellos se presenta.

E. En la Biblia. La revelación en la historia y en el Hijo se da a conocer por medio de un Libro Escrito, la Palabra de Dios. Este tema es tan am­plio que lo trataremos aparte en el tercer estudio.

 

III.   La revelación subjetiva

 

A la revelación externa, por los medios señala­dos, ha de corresponder una revelación interna, que es obra del Espíritu Santo dentro de noso­tros, quien la imprime en nuestro corazón. Las condiciones que transforman la revelación exter­na en la interna son el arrepentimiento y la fe. Léa­se Calatas 1:16.

 

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Capítulo 2

LA INSPIRACIÓN DE LAS ESCRITURAS

 

 

I.   Definición

 

«Toda la Escritura es inspirada por Dios...», de­clara Pablo (2 Ti. 3:16). La frase «inspirada por Dios» quiere decir que tiene el «soplo de Dios». De la forma en que este soplo divino dio vida a Adán, así también da valor y vida a escritos que, de otra manera, estarían muertos.

 

II.   Inspiración de los mensajeros

 

A. Los profetas tenían la seguridad de que Dios hablaba por medio de ellos, y de que sus mensajes eran la «Palabra de Dios». Frases como «Habló Dios a Moisés...» se hallan constantemen­te a través de los libros del Éxodo al Deuteronomio. «Y fue a mí palabra de Jehová...», dice Ezequiel para introducir los oráculos del Señor; y hallamos frases análogas en Jeremías: «Palabra de Dios que fue a Jeremías profeta...» (Ez. 12:1, etc. Jer. 46:1, etc.). David también describe la manera en que la Palabra del Señor le vino, en 2 Samuel 23:2 y 3.

B. El Señor mismo llevaba las escrituras de los profetas en Su memoria y en Su corazón, y

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apelaba constantemente a ellas como autoridad máxima para la solución de las más graves cues­tiones. De tal forma se enlaza la autoridad del Antiguo Testamento con la suya propia, que es imposible atacar las Escrituras sin ir contra la autoridad del VERBO ETERNO HECHO CAR­NE, quien vino del Cielo para declarar a Dios y dar a conocer tanto Su pensamiento como Su co­razón de amor (Mr. 12:36, 14:27; Le. 24:44; Jn. 5:39, 46, etc.).

C. Los apóstoles, escogidos por el Señor para proclamar con toda autoridad la doctrina cristia­na, también apelaban constantemente a las pro­fecías y demás escritos del Antiguo Testamento, y enseñaban que los autores eran inspirados por Dios (1 P. 1:10-12; 2 P. 1:19-21). Así que la inspi­ración y la divina autoridad del Antiguo Testa­mento forman parte de la «Fe que ha sido una vez dada a los santos» (Jud. 3).

 

III.   Inspiración de los escritos

 

Los inspirados mensajes orales de los profetas se pusieron por escrito por mandato y providen­cia de Dios, así que los documentos también son inspirados, y son éstos que el Señor y los após­toles tenían delante al hacer las declaraciones que hemos anotado. Hay una clara descripción de la manera en que los mensajes fueron escritos en Jeremías 36:1-2 y 32. También los libros histó­ricos se relacionan con la autoridad de los profe­tas, según vemos en 1.- Samuel 10:25, 1.° Cróni­cas 29:29, etcétera.

 

IV.   La inspiración del Nuevo Testamento

 

La fuente de toda autoridad y de toda verdad se halla en el VERBO ENCARNADO. Él comisio­nó a los apóstoles y les hizo depositarios de la verdad en cuanto a Su Persona, obra y enseñan­za, de modo que su autoridad apostólica se deri­va de la del Señor mismo. Les indicó que la reve­lación tenía que completarse y les prometió el Espíritu para guiarles a toda verdad. Así que, an­ticipadamente, garantizó la inspiración del Nue­vo Testamento. Los apóstoles sabían que Dios ha­blaba por medio de ellos, y esperaban que los creyentes obedeciesen Sus mandatos (1 Co. 2:13; 1 P. 1:12; 2 Ts. 3:14; Jn. 14:26, 16:12 y 13, etc.).

 

V.   El método de la inspiración

 

Éste no es mecánico, como quien escribe a má­quina, sino vital, como el de un director de una orquesta que produce los efectos que quiere de la totalidad de ella, respetando siempre las dotes especiales de cada músico. Así, en las Escrituras, la personalidad del autor humano no se aniquila, y el Espíritu aprovecha el carácter y los conoci­mientos de cada uno, como también las circuns­tancias en las que los escritos se produjeron.

 

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Capítulo 3

LA BIBLIA

 

I.   Definición

 

La palabra «Biblia», según su etimología, o sea, su origen lingüístico, quiere decir «libros», en número plural, y se refería a los varios escri­tos que se reconocían como inspirados en la Igle­sia primitiva. Pero el instinto de los creyentes les enseñó que esta colección de «libros» era única y especial, y llegaron a anteponer a la palabra el artículo femenino «la», y hablaron de «la Biblia» en número singular. En efecto, la Biblia es una divina biblioteca, que incluye libros de una gran diversidad de autores, quienes redactaron sus obras durante un período de aproximadamente mil quinientos años; pero, a la vez, es UN LIBRO, ya que, en su totalidad, se discierne una unidad que se deriva del Plan de Dios, quien dirigía los trabajos de los autores humanos por el impulso superior de su Espíritu.

 

II.   Su propósito

 

A. La Biblia recoge y conserva, en forma es­crita, la revelación que Dios ha dado de sí mismo en la historia y en la Persona de Su Hijo, hacien­do posible su transmisión de una generación a otra.

B. La Biblia es la historia de la redención del hombre, que se lleva a cabo por la operación de la gracia de Dios a su favor.

C. Como consecuencia de lo antedicho: 1) no ha de considerarse como un libro científico, pues los hombres pueden investigar el mundo mate­rial por medios naturales; con todo, cuando la Bi­blia hace referencia a las obras de la naturaleza, el testimonio de la Palabra escrita no está en de­sacuerdo con los hechos de la ciencia. Las teorías humanas contradicen la Biblia con demasiada frecuencia, pero éstas pasan y la Palabra perma­nece. 2) Tampoco es un libro de historia en el sen­tido corriente de la palabra, ya que se interesa tan sólo en aquella parte de la actividad humana que tiene que ver con el plan de la redención.

 

III.   Su composición

 

A. Los once primeros capítulos de la Biblia forman una grandiosa INTRODUCCIÓN a la his­toria del plan de la redención, que empieza a deta­llarse con el llamamiento de Abraham. No po­dríamos comprender lo demás de la Biblia sin esta introducción que abarca:

 

  1. La creación.
  2. La creación del hombre y su naturaleza en estado de inocencia.
  3. La caída del hombre con sus funestos resul­tados para la raza.
  4. El fracaso del hombre ante la revelación de Dios en la naturaleza y por medio de la conciencia.
  5. Los juicios de Dios en el diluvio universal.

 

B. La formación y la preservación de Israel como instrumento de la revelación de Dios (Gn. 12 hasta el fin de Josué).

C. El fracaso del testimonio nacional de Israel, que motivó, sin embargo, múltiples manifestacio­nes del carácter y de la obra de Dios, especial­mente en los mensajes de los profetas (Jueces a Malaquías).

D. La intervención de Dios en la Persona de Su Hijo (Mateo a Juan).

E. El descenso del Espíritu Santo, la predica­ción del Evangelio y la formación de la Iglesia (Hechos).

F. La doctrina cristiana, o sea, el significado de la Persona y de la Obra de Cristo, explicada por medio de cartas a las iglesias (Romanos a Judas).

G. La última crisis del mundo y la consuma­ción de la obra de la redención (Apocalipsis).

Nótese cómo la primera creación y la pérdida del paraíso terrenal por el hombre se contrastan con la nueva creación y el paraíso recobrado para el hombre por la Obra del postrer Adán (Ap. caps. 21 y 22).

 

IV.   La interpretación de la Biblia.

 

Es fácil encontrar alimento espiritual en la Pa­labra, pero es muy difícil interpretar debida y exactamente todas las partes de la Biblia. Los grandes principios para tal interpretación se lla­man la hermenéutica, y su aplicación a determi­nados pasajes se llama exégesis (poner en claro). Las normas más importantes son las siguientes:

A. En vista de que la Biblia es una unidad, es necesario adquirir un conocimiento general de su plan y de sus grandes principios, pues cada ver­sículo ha de interpretarse a la luz de éstos.

B. Es necesario un conocimiento del fondo ge­neral de cada libro, y poder contestar preguntas como éstas: ¿Cuál es su género literario? (es de­cir, saber si se trata de historia, de biografía, de poesía, etc.)- ¿En qué circunstancias se escribió? ¿Por qué? ¿A quiénes? ¿Con qué fin?

C. Es preciso el examen concienzudo del desa­rrollo del tema o del argumento en relación con el pasaje o el versículo que se estudia.

 

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Capítulo 4

LA DEIDAD

 

 

I.   La existencia de Dios

 

Las «pruebas» que aduce la teología natural como evidencia de la existencia de Dios son inte­resantes e importantes en su debido lugar, pero las Escrituras no argumentan nunca sobre esto, sino que dan por sentado el gran Hecho, y empie­zan con la sublime declaración: «En el princi­pio... DIOS...». Los hombres, limitados en sus co­nocimientos y en su capacidad, no disponen de medios para contestar adecuadamente a la pre­gunta: «¿Existe Dios?», y les conviene preguntar con humildad de corazón: «¿Ha hablado Dios?» Esto permite que Dios se revele, y la naturaleza de su revelación demuestra que es divina, y nos trae al corazón la profunda convicción de que Dios existe.

 

II.   La naturaleza de Dios

 

El mismo Señor Jesús nos dio a conocer el he­cho fundamental de la naturaleza de Dios alx de­clarar a la mujer samaritana: «Dios es ESPÍRI­TU» (Jn. 4:24). Es decir, no está sujeto a lo mate­rial ni a lo temporal: elementos que hallan en él su origen. Cuando los escritores inspirados del Antiguo Testamento hablan del «brazo de Jeho-vá», hemos de entender, desde luego, que em­plean una figura material para ayudar a nuestra pobre y limitada comprensión, y que el «brazo» equivale a la poderosa operación de Dios, etcéte­ra. Dios es ETERNO, sin principio ni fin, cuya ex­plicación se halla sólo en su misma Persona, sin referencia a ninguna causa anterior: «Yo soy el que soy» (Ex. 3:14). Juan declara, además, que «Dios es LUZ» (1 Jn. 1:5), expresión que incluye todos los atributos de perfección moral, tales como la pureza, la santidad, la justicia, y todo en grado infinito. La mayor gloria de la revelación cristiana se halla en otra declaración del mismo apóstol: «Dios es AMOR» (1 Jn. 4:8 y 16), y el amor es la fuente y origen de toda Su obra de redención. Dios es omnisciente porque nada se le esconde del pasado, presente o del porvenir, y omnipre­sente porque está en todas partes (Sal. 139:1-12; He. 4:13). También es omnipotente porque la ope­ración de Su potencia no conoce límites externos a sí mismo; pero, desde luego. Dios ha de ser fiel a Su propia naturaleza, y no puede obrar arbitra­riamente. Los hombres preguntan: «Si Dios es omnipotente, ¿por qué no interviene para impe­dir las guerras, los desastres, etc.?» La interven­ción directa de Dios en justicia supone el juicio sobre los rebeldes, y los mismos desastres permi­tidos son, a menudo, un medio de misericordia para quitar del hombre su confianza carnal y ha­cerle buscar el bien en Dios.

 

III.   Dios es el Creador

 

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn. 1:1). «Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía» (He. 11:3; Ap. 4:11, etc.). Pudo haber em­pleado medios y métodos dentro de los cuales cabe algo de lo que dicen los científicos, pero lo esencial es que nada existe fuera de Él, y que tan­to el mundo material inorgánico, como el mundo vegetal y animal son obra de Sus manos. El hom­bre (capítulo 5) fue una creación especial a la imagen de Dios, destinado a ser cabeza de la creación material.

 

 

IV.   La providencia de Dios

 

Este es un tema muy amplio, y dentro de estas notas no podemos adelantar más que unas ideas muy elementales sobre Él. Significa que Dios sos­tiene y gobierna el mundo que Él ha creado, y esto incluye las actividades de los hombres. Dios no es responsable del pecado, que se introdujo en este mundo por la mala elección de Adán (Ro. 5:12), pero ordena las consecuencias de las obras malvadas de los hombres para adelantar Su plan en orden al mundo (Hch. 2:23; 4:28; Sal. 135:6; Dn. 4:32; Jer. 27:5).

 

V.   La Santa Trinidad

 

La palabra «Trinidad» no se halla en la Biblia, pero eso no quiere decir que sea un mero término teológico. Se deduce claramente de las Escrituras que Dios es UNO en esencia y sustancia, al par que existe en tres Personas distintas desde la Eternidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Hay un indicio de esta misteriosa «pluralidad en la unidad» en la palabra hebrea Elohim, traduci­da por «Dios» (Gn. 1:1, etc.), que es un sustantivo plural empleado con el verbo en singular. Pero hallamos el pleno desarrollo de la doctrina en las palabras del mismo Señor. Si consideramos Su discurso en el cenáculo (Jn. caps. 14 a 16) vemos que habla de «ir al Padre» y de «rogar al Padre», al mismo tiempo que declara a Felipe que cual­quiera que le ha visto a Él ha visto al Padre tam­bién. Si a estas declaraciones añadimos la de Juan 10:30, vemos que hay igualdad de esencia con una distinción de Personas. En el mismo pa­saje, Cristo anuncia la venida del Espíritu Santo en términos que subrayan tanto Su deidad como Su personalidad. La «fórmula bautismal» de Ma­teo 28:19 implica lo mismo, ya que hay un «Nombre», pero es el del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. De las personas del Hijo y del Es­píritu Santo tendremos más que decir en otros estudios, pero es importante comprender desde ahora que esta «Trinidad en la unidad» no se ini­ció con la encarnación, sino que existía desde toda la eternidad (Jn. 1:1; Gn. 1:2; etc.).

 

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Capítulo 5

EL HOMBRE Y EL PECADO

 

 

I.   La creación

 

En la narración del Génesis, la creación del hombre se destaca como única y especial, ya que fue precedida por un consejo divino, con el anun­cio de que el hombre había de poseer una perso­nalidad que reflejara, en ciertos aspectos, la del Creador: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y señoree... en toda la tierra, y en todo animal...» (Gn. 1:26). En el relato más detallado del capítulo 2 se indica que el hombre se relaciona con el orden natural, ya que Dios le formó del polvo de la tierra, pero que su alma llegó a existir por un acto especial de Dios: «Y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Gn. 2:7).

La imagen no puede ser física, pues Dios es Es­píritu, de modo que se refiere a la personalidad del hombre, que fue dotado de cualidades racio­nales y morales, que le distinguen del todo aun de los animales más desarrollados. Además de esto, los animales no pueden salir de los derrote­ros señalados por su instinto, pero el hombre está dotado de libre albedrío, pues Dios quería que Su criatura, corona de la creación, correspondiera li­bremente a Su amor por medio de la obediencia pronta y voluntaria.

El hombre completo se ve en las palabras de Pablo según se hallan en 1." Tesalonicenses 5:23: «Y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.» Por medio del cuerpo el hom­bre hace contacto con su medio ambiente mate­rial; por su alma, asiento principal de su persona­lidad, es consciente de sí mismo y de los demás seres humanos; y por medio de su espíritu es ca­pacitado para tener comunión con Dios. Su alta dignidad, según el propósito original de Dios, se destaca bien en el Salmo 8.

 

II.   La caída

 

No sabemos cuánto tiempo disfrutaría el hom­bre del dominio de la naturaleza en plena inocen­cia y en comunión con Dios, pero las Escrituras pasan rápidamente a la narración de la caída. El hombre estaba creado para depender de Dios y para hacer Su voluntad, pero el diablo, con gran sutileza, señaló un camino alternativo: «[Voso­tros] seréis como Dios...» Por su desobediencia, el hombre intentó hacer de sí mismo el centro del mundo, y este intento se refleja en el feroz egoís­mo del hombre caído, que es la fuente y origen del pecado en la esfera humana. Al volver las es­paldas a Dios, el hombre murió espiritualmente y el mundo se hundió en el caos del pecado y de la rebelión. La muerte física es la consecuencia ine­vitable de este estado espiritual.

 

III.   El pecado

 

La palabra que más corrientemente se traduce por «pecado», en el texto griego, quiere decir «fallar»; «ser incapaz de llegar a la meta». Juan dice que es «infracción de la ley» (1 Jn. 3:4), o sea, la rebeldía. Santiago ve en la concupiscencia (los malos deseos) el germen del pecado, que, en su desarrollo, produce la muerte (Stg. 1:14 y 15). Resumiendo, podemos decir que es todo movi­miento de la voluntad humana en contra de la vo­luntad de Dios, sea consciente o inconsciente.

 

 

IV.   El pecado original

Según las enseñanzas de Romanos 5:12-21, cuando Adán pecó toda la raza pecó con él, de forma que existe una raíz de pecado original en todo hijo de Adán, aun antes de que cometa actos concretos y voluntarios de pecado. Esta doctrina se halla implícita en toda la Biblia. Es como una funesta «ley de gravitación» que inclina a todo hombre hacia el pecado. Este estado pecaminoso se llama la depravación total y se expresa sin am­bages en el texto: «No hay justo, ni aun uno... no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Ro. 3:10-12). Esto no quiere decir que no existan diferencias morales entre hombre y hombre, y sa­bemos que el hombre natural realiza algunas ve­ces acciones generosas y nobles, pero indica cla­ramente: 1) que todo lo humano, las «malas obras» y las «buenas obras», lleva el sello incon­fundible del pecado, velada o abiertamente; y 2) que el germen de todo pecado está en todos los hombres y se desarrolla en circunstancias propi­cias.

Pero frente a Adán como cabeza de la raza perdida, el apóstol Pablo señala a Cristo como postrer Adán y Cabeza de una raza redimida por Su gran acto de obediencia en la Cruz. Nadie se perderá, pues, por ser hijo de Adán, sino por rechazar la redención que está en Cristo (Ro. 5:18 19, 35 y 36).

 

V.   La culpabilidad del hombre y el juicio de Dios

 

El hombre normal es un ser responsable y se condena porque ama las tinieblas más que la luz. De ahí proceden la culpa y el castigo. Las profundas huellas del pecado no pueden borrar la obra de la Cruz, donde el Hombre representativo, quien era, además, el Señor de la gloria, fue hecho pecado por nosotros «para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Cor. 5:21) La identificación del hombre con su Salvador por medio del arrepentimiento y la fe, le trae vida; pero aparte de este gran remedio de Dios, opera infaliblemente la ley: «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará», sea en el tiempo, sea en la eternidad. Sólo Dios es el Juez justo, el Árbitro moral de su Universo, y a Él solo compete juzgar y aplicar la sentencia, que se pronunciará según las normas de la más perfecta justicia (Hch. 17:31; Rom. 2:6-16; 14:11 y 12; Ap. 11:15-18; 16:5 y 6; 20:11-15).

 

VI.   El glorioso destino de los redimidos.

 

Se tratará en el capítulo 21.

 

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Capítulo 6

LA PERSONA DE CRISTO

 

I.   El hecho histórico

 

El gran hecho histórico de la manifestación de Cristo es innegable, pues las investigaciones mo­dernas han establecido el carácter histórico de los Evangelios y han dado al traste con la teoría de una «leyenda». ¿Qué explicación se ha de dar de esta VIDA que tanto descuella entre todas las figuras de la historia? Los materialistas, en su aran de negar una revelación sobrenatural, pro­curan hacer ver que Jesús era un hombre bueno, maravillosamente dotado de poderes espirituales y religiosos, pero hombre al fin. Esto es contrarío a toda la evidencia, porque se presenta en los Evangelios, tanto en las palabras del Señor mis­mo como por la apreciación de quienes mejor le conocían, como Dios manifestado en carne. Si se hacía «Dios» cuando no lo era, entonces distaba mucho de ser un «hombre bueno» y no sería más que el mayor impostor de los siglos.

Nosotros, desde luego, aceptamos con humil­dad y fe el hecho de Cristo tal y conforme se nos presenta en los escritos sagrados, pero hemos de tener en cuenta que creyentes en todo tiempo han caído en errores sobre la Persona de Cristo por no fijarse bien en todo lo que la Palabra dice de Él. Comprendemos que siempre habrá una parte de este misterio que sólo Dios puede profundizar, según la declaración del Señor Jesús: «Nadie cono­ce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quie­re revelar» (Le. 10:22). Pero eso no nos excusa de meditar en lo que se ha revelado, que se puede re­sumir de esta forma: «En cristo hay dos perfectas naturalezas, la divina y la humana, en una sola Persona, Jesucristo Señor nuestro.» Algunos han subrayado Su divinidad a expensas de Su huma­nidad, y otros han caído en el error contrario. Es necesario, además, evitar a toda costa la idea de que Cristo fuese en parte Dios y en parte Hombre, ateniéndose a lo revelado, que manifiesta Su ple­na divinidad y Su perfecta humanidad. Considé­rense bien los pasajes siguientes: Juan 1:1-4, 14 y 18; Colosenses 2:9; Hebreos 1:1-4; 1.a Juan 5:20 y Romanos 9:5.

 

II.   La Encarnación

 

La divinidad y la humanidad se manifiestan prácticamente en toda la vida del Señor Jesucris­to, pero la explicación de la vida se halla en el misterio de la Encarnación, o, mejor dicho, la vida y el relato bíblico del nacimiento se explican mutuamente, y lo uno sin lo otro sería incom­prensible. Jesús nació de la bienaventurada vir­gen María por obra y gracia del Espíritu Santo, según la preciosa anunciación del ángel Gabriel (Le. 1:35). La humanidad que recibió de Su ma­dre fue real, pero libre de la mancha del pecado original. La unión del HIJO ETERNO con la hu­manidad así recibida es un misterio que sólo la mente de Dios alcanza. Necesariamente, el modo de manifestarse la divinidad era distinto en la vida humana que en la gloria del Cielo, pero su plenitud estaba siempre presente, y el poder divi­no se ejercía tantas veces como se requería para el cumplimiento de la voluntad de Su Padre (Fil. 2:6-8).

 

III.   La manifestación de la deidad

 

A. Declaraciones del Señor mismo. Nótense, entre otras muchas, las siguientes: «Antes que Abraham fuese YO SOY» (Jn. 8:58). «Yo y el Pa­dre uno somos» (Jn. 10:30). «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn. 14:9). La deidad del Señor se presenta especialmente en el Evangelio según San Juan, pero la enseñanza es igual en todos, como vemos por la declaración de Cristo ante el Sanedrín (Mr. 14:61 y 62).

B. La divinidad está implícita en las invitacio­nes evangélicas del Señor, ya que Él se ofrece a sí mismo como Fuente de paz, vida, perdón y salva­ción (Mt. 11:28; Jn. 5:40; 7:37; 14:6, etc.).

C. El testimonio de los evangelistas. Las narra­ciones de los testigos oculares de la vida de Jesús nos proveen abundante evidencia de Su divini­dad: 1) Cristo admitió en varias ocasiones la ado­ración de los hombres (Le. 5:8; Jn. 9:38; 20:28, etc.); y 2) los milagros evidencian el poder divino, ya que se distinguen de ¡as grandes obras de los profetas y apóstoles por su espontaneidad y por la autoridad personal del Señor. Así, llamó a la vida a Su amigo Lázaro porque Él era, en Su Per­sona, «la resurrección y la vida» (Jn. 11:25, 40, 43 y 44). Por eso el Señor Jesús apeló a Sus obras como evidencia irrecusable de la calidad de Su Persona (Jn. 14:11; 15:24, etc.).

 

IV.   La realidad de Su humanidad

 

Vemos muy claramente por el relato de los Evangelios que Jesús pasó por las experiencias normales de una vida humana, aparte del peca­do. Nació de madre humana, creció en sabiduría y en edad; padecía hambre, sed y cansancio; co­mía y dormía. Se afligía y se gozaba en Su espí­ritu y en Su alma. Fue tentado del diablo, pero sin ceder a la tentación, y, como Siervo de Jeho-vá, vivía una vida caracterizada por la oración y la fe, pues nunca empleó Su poder divino para eludir las consecuencias de Su humanidad. Por fin murió y fue sepultado. Su humanidad no cesó con la resurrección, sino que existe glorificada a la diestra de Dios: Hay «un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre» (1 Ti. 2:5; Le. 24:37-40, etc.).

 

V.   La importancia de la Encarnación

La doctrina de la Encarnación es piedra angu­lar de la revelación cristiana, sobre la que se fun­da toda la obra de la Redención. Examinaremos su relación con la obra de la Cruz en estudios posteriores.

 

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Capítulo 7

LA PROPICIACIÓN Y LA EXPIACIÓN

 

I.   Definiciones

 

Según el uso de los griegos, propiciación signi­ficaba «aplacar la ira y ganar el favor», general­mente de alguna divinidad que se suponía ofendi­da, por medio del sacrificio de los dones del ado­rador. El uso de expiación es parecido, ya que in­dica «borrar una culpa por medio de un sacrifi­cio». La palabra «expiar» (o «hacer expiación»), que se emplea con tanta frecuencia en relación con los sacrificios levíticos, representa la voz he­brea kaphar que, en su sentido literal, es «cu­brir». El significado es que Dios no «veía» las culpas a través de la sangre que le hablaba del sacrificio del Calvario. La tapa de oro que cubría el Arca del Pacto (Ex. 25:17-22) se llamaba «el propiciatorio», o sea, «aquello que cubría»; por la misma razón, pues, Jehová no veía las Tablas de la Ley que condenaban al pueblo sino a través de la sangre salpicada en el propiciatorio en el Día de las Expiaciones (Lv. cap. 16).

Para comprender mejor el sentido normal de la palabra «propiciar», podemos considerar la ma­nera en que Jacob se afanó por aplacar la ira de su hermano ofendido, Esaú, por medio de presen­tes (Gn. 32:13-20). Mandó varios grupos de sus siervos por delante llevando una gran riqueza de ganado, y luego, hablando consigo mismo, dijo: «Apaciguaré su ira con el presente que va delante de mí, y después veré su rostro; quizá le seré acep­to.» Había cometido la falta de robar la bendi­ción paterna de su hermano, excitando así la ira de Esaú, y ahora quiere apaciguar su ira median­te presentes para granjearse el favor del hermano que pudo más que él.

 

II.   La dificultad de la propiciación en la esfera espiritual

 

La ira de Esaú pasó pronto, y las divinidades de las gentes no son dioses, pero el Dios verdade­ro es un Dios de justicia absoluta e inflexible por Su misma naturaleza, de modo que Su justa ira en contra del pecador no puede aplacarse me­diante los dones y los esfuerzos carnales del hom­bre. ¿Cómo, pues, puede ser propiciado? ¿Por qué medio se ha de expiar la culpa del hombre que tanto ofende a Su santidad? ¿Cómo se ha de sa­tisfacer una justicia que es inflexible?

 

III.   El medio

 

La solución del dilema se halla en la Cruz, don­de la justicia de Dios se satisfizo y la fea mancha del pecado quedó borrada por la ofrenda de Cris­to, hecha una sola vez (He. 9:28; Ro. 3:25, etc.). El Sacrificio es sumamente eficaz, y todo el con­cepto se eleva infinitamente por encima de las ideas equivocadas de las gentes, por las razones siguientes:

A. DIOS MISMO proveyó la ofrenda que el hombre era totalmente incapaz de buscar; es decir, el Dios contra quien habíamos pecado provee el medio de satisfacer Su propia justicia.

B. El sacrificio tiene valor infinito por el ex­celso valor del Dios-Hombre, quien «gustó la muerte por todos» (He. 1:2-4; 2:9).

C. Tal ofrenda pudo ofrecerse en justicia por cuanto Cristo era, a la vez, Dios y Hombre. No era un hombre entre muchos, sino EL HOMBRE por excelencia. El que había creado la humani­dad en su perfección, la incorporó en Su divina Persona por el misterio de la Encarnación, lle­gando a ser el segundo y postrer Adán. Así pudo ser en toda la realidad el Hombre representativo, quien, sin mancha propia, se hizo responsable ante la justicia divina de los pecados de todos los hombres (He. 2:14; 2 Co. 5:21; 1 P. 2:22-24; Is. 53:4 y 5).

Téngase en cuenta que, cuando las Escrituras hablan de la propiciación y la redención por la SANGRE DE JESUCRISTO, quiere decir «la vida de Cristo, en su infinito valor, dada enteramente en expiación sobre el altar de la Cruz». El signi­ficado del sagrado símbolo se aclara mucho en el capítulo 17 de Levítico, especialmente en el ver­sículo 11: «Porque la vida de la carne en la san­gre está, la cual os he dado para hacer expiación en el altar por vuestras almas; porque la sangre, en virtud de ser la vida, es la que hace expiación» (Versión Moderna). Por eso, «sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (He. 9:22).

 

IV.   Su alcance

 

El apóstol Juan declara: «Y Él [Cristo] es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Jn. 2:2 con 4:10). De igual forma, el Bau­tista declara: «He aquí el Cordero de Dios que qui­ta [en expiación] el pecado del mundo» (Jn. 1:29). Esto quiere decir que la justicia de Dios queda sa­tisfecha por la ofrenda de la Cruz, en orden a todos los pecados del pasado, del presente y del porvenir. Desde luego, el alcance universal de la propiciación no indica que todas las almas han de ser salvas, sino que es posible que todas sean salvas si acep­tan las condiciones del Evangelio: el arrepen­timiento y la fe. Si resisten al Evangelio, se excluyen automáticamente de la salvación. Hay expre­siones en el griego del Nuevo Testamento que indi­can que Cristo murió a favor de todos, pero en lugar de muchos, pues solamente los creyentes le reciben como su sustituto. La debida actitud del hombre pecador es la del publicano en el Templo, quien, con un hondo sentido de su necesidad, exclamó: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Le. 18:13).

 

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Capítulo 8

LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE

 

I.   Definición

 

La excelsa obra de la Cruz tiene múltiples face­tas, y hemos de tener en cuenta que los grandes temas que estamos considerando en relación a ella revelan estas facetas a la medida de la com­prensión de nuestra mente finita. La justificación por la fe —lema de la Reforma en el siglo XVI— presenta la obra de la Cruz desde el punto de vis­ta jurídico, es decir: en relación con la santa Ley de Dios. El hombre pecador se presenta como un reo ante el alto tribunal de un Dios justo, y queda patente que ha quebrantado tanto la ley natural de la conciencia como la Ley claramente declara­da en el Sinaí. El problema es éste: ¿Cómo puede Dios ser justo y el que justifica al pecador? La con­testación se halla en la Cruz, y el creyente es de­clarado justo a los ojos de Dios. Esta declaración es la justificación por la fe.

 

II.   La justicia divina

 

Como ya hemos visto en nuestro estudio de la Deidad, la justicia es un atributo de Dios, y el hombre no sabría nada de esta «rectitud» esen­cial aparte de la revelación que Dios ha dado de sí mismo (Is. 45:21; Ap. 15:3,16:5, etc.).

 

III.   La justicia exigida

 

Dios manifestó Su voluntad al hombre en esta­do de inocencia de una forma apropiada a su con­dición (Gn. 2:16 y 17) y, después de la Caída, no le dejó sin testimonio, sino que le habló por me­dio de la naturaleza y de la conciencia, siendo ésta la voz interna que acusa o excusa los actos del hombre (Ro. 2:14 y 15). Pero la plena mani­festación de la voluntad de Dios para con los hombres fue dada en el Sinaí, donde Dios pro­nunció las diez palabras, y luego instruyó a Moi­sés con otros muchos preceptos complementa­rios. La Ley representa lo que Dios, en justicia, requiere de los hombres en las circunstancias ac­tuales de la vida, y el mandamiento es siempre «santo y justo y bueno» (Ro. 7:12). Pero, bajo re­petidas pruebas, se demostró que el hombre era incapaz de cumplir la justicia exigida por Dios, ya  que  su  naturaleza pecaminosa  siempre le arrastraba a la desobediencia. Una ley quebran­tada no puede salvar a nadie, sino que condena inflexiblemente ai infractor de ella. El que no la cumple, muere. Cuando Moisés, al ver que Israel había quebrantado la Ley en todos sus capítulos antes de recibirla en forma escrita, quebró las ta­blas de piedra al pie del Sinaí, señaló con ello, en forma simbólica, el fracaso del hombre ante las santas exigencias de la Ley divina (Ex. 32:19; Ro. 3:19; Gá. 3:10, etc.).

 

IV.   La Ley cumplida y la justicia satisfecha

 

El Señor Jesucristo, Hombre representativo, cumplió la Ley por medio de una vida perfecta. En el Calvario se colocó en el lugar del hombre pecador, en virtud de Su carácter representativo que ya hemos considerado, y agotó la sentencia de la Ley por Su muerte. Así, la justicia de Dios quedó satisfecha y la santa Ley fue honrada. Tén­gase en cuenta el valor infinito del sacrificio de la Cruz, que ya hemos apuntado bajo el tema de la propiciación (capítulo 7).

 

 

 

V.   La justicia otorgada

 

En el Evangelio se revela una Justicia que Dios otorga al creyente, y éste es el gran tema de Ro­manos 1:16—5:21. El «corazón» del sublime asunto se halla en Romanos 3:21-6, versículos que deben analizarse con todo cuidado. En vista de que el hombre era incapaz de procurar la justicia mediante la obediencia a la Ley, Dios tomó la ini­ciativa por Su gracia, mandando a Su Hijo, quien satisfizo las exigencias de la Ley en el Calvario: «Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo...» (Ro. 3:21 y 22).

 

VI.   La justicia recibida

 

El medio de conseguir la justicia otorgada por la gracia de Dios es la Fe, que, en el sentido bíbli­co, es la confianza total del hombre que, arrepen­tido de sus pecados, descansa en Cristo para la salvación de su alma. Sólo esta actitud del alma puede establecer contacto con Aquel que cumplió La Ley por nosotros para revestirnos de Su propia justicia (2 Co. 5:21), Cristo «nos ha sido hecho justificación» (1 Co. 1:30) y, recibiéndole a Él, te­nemos la justificación, y no de otra manera. La fe hace posible que Dios nos impute (abone en cuen­ta) Su justicia, como en el caso de Abraham (Ro, 3:22, 26; 4:3, 5 y 22; Gá. 3:22-26, etc.). Somos jus­tificados por la gracia de Dios, que es el origen de la bendición (Ro. 3:24); por la sangre, que es su base (Ro. 5:9), y por la fe, que es el medio (Ro. 5:1)

 

VII.   La justicia manifestada

 

La justicia no es una mera declaración legal de nuestra nueva posición ante Dios, sino que es una obra vital, que supone nuestra unión espiritual con Cristo, de modo que la justicia recibida ha de producir sus frutos en nuestra vida (Fil. 1:11). Este tema se desarrollará bajo el epígrafe de la Santificación (capítulo 17).

 

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Capítulo 9

LA REDENCIÓN

 

I.   Definición

Si analizamos el sentido de las principales vo­ces griegas que se traducen por «redimir», «res­catar» o «redención», llegamos a esta definición del concepto: «Libertar a un esclavo o cautivo mediante el pago del precio del rescate.» Hemos de tener en cuenta que, cuando los evangelistas y apóstoles escribían el Nuevo Testamento bajo la guía del Espíritu Santo, la institución de la escla­vitud estaba muy extendida por todo el imperio romano, y millones de seres humanos, apresados durante las campañas militares de Roma o naci­dos de padres esclavos, gemían bajo este triste yugo. Algunos esclavos ocupaban puestos impor­tantes en las casas de sus amos y otros podían ser más cultos que los mismos amos, pero ninguno podía disponer libremente de su persona. El pro­fundo anhelo de todos ellos era ser redimidos, y algunas veces, fuese por sus propios esfuerzos en acumular el dinero necesario o fuese por la bon­dad de un bienhechor, les era posible llevar al templo él precio del rescate, y entonces, mediante un acta de liberación levantada por el sacerdote pagano, quedaban rescatados. Los autores sagra­dos dan un sentido espiritual a esta liberación, que ya se había indicado simbólicamente en el Antiguo Testamento, donde se habla de la «re­dención» del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto (Ex. 6:6; 15:16, etc.). El concepto se desa­rrolla mucho más en los Salmos y en el profeta Isaías, pero, desde luego, las indicaciones del An­tiguo Testamento no pueden hacer otra cosa sino anticipar parcialmente, en símbolo y figura, la gran obra redentora de la Cruz.

 

II.   La esclavitud espiritual

 

La esclavitud espiritual tiene su origen en la caída y el pecado del hombre —pues la verdadera libertad se halla sólo en la esfera de la voluntad de Dios— y afecta a todas las esferas de la vida. Nótense las siguientes formas de sujeción que se mencionan en los evangelios y las epístolas:

A. «Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo que todo aquel que hace pecado es esclavo del pecado» (Jn. 8:34). Se trataba de judíos orgu­llosos que se estimaban como libres por ser des­cendientes, según la carne, de Abraham; pero, de hecho, iban ciegamente donde les llevaba el impulso de su pecado no confesado: eran es­clavos.

B. Pablo dice a Tito que Cristo «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda ini­quidad» (Tit. 2:14), donde la palabra «iniquidad» quiere decir «ausencia de ley», o sea, el espíritu de rebeldía. El hombre quiere seguir sus propios impulsos egoístas, sin someterse a Dios, pero su mismo afán de «libertad» llega a esclavizarle más.

C. Con el fin de hacer ver al hombre su peca­do, Dios impuso la Ley, pero el esfuerzo carnal de cumplirla es en sí una dura servidumbre, y la Ley quebrantada no puede hacer más que maldecir y matar a su infractor (Gá. 3:13, 23).

D. Por aceptar la sugerencia del diablo y deso­bedecer a Dios, el hombre se puso bajo el poder de este gran enemigo, y sólo Cristo puede librarle (Hch. 26:18).

E. Los hombres, a pesar de su orgullo y su de­seo de independizarse de Dios, saben que la muer­te pondrá fin a sus afanes y devaneos, y, por el te­mor de la muerte, están toda la vida sujetos a servidumbre (He. 2:14 y 15).

F. Pedro nos habla de ser rescatados de nues­tra «vana manera de vivir», vacía y frustrada, en la que ningún propósito humano se logra plena­mente (1 P. 1:18 y 19).

G. El temor de los hombres esclaviza al ser hu­mano, pero el que teme a Dios pierde todo otro temor (Mt. 10:28; Hch. 4:13, 20; 5:29, etc.).

H. Todas las condiciones y las circunstancias «del presente siglo malo» esclavizan, pero Cristo se dio a sí mismo para librarnos de ellas (Gá. 1:4).

III.   El Libertador

 

En el Antiguo Testamento era el «pariente cer­cano» quien tenía el derecho y la obligación mo­ral de redimir, como Booz en el libro de Rut. Por la Encarnación, Cristo se hizo el Hijo del Hombre y el postrer Adán, tan íntimamente ligado a la raza de los hombres que adquirió el derecho de representarnos y redimirnos. Su naturaleza divi­na da valor infinito a todo cuanto hace a nuestro favor. Nótese que las citas siguientes subrayan la entrega personal de Cristo como medio de procu­rar la redención: 1." Corintios 1:30; Calatas 1:4; 3:13; 4:5; Efesios 1:7; 1.a Timoteo 2:5 y 6; Tito 2:14; Apocalipsis 5:9.

 

IV.    El precio del rescate

 

«Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir... no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo...», de­clara el apóstol Pedro (1 P. l:18y 19). «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por mu­chos», dijo el Señor de sí mismo (Mr. 10:45). Por la definición que hemos dado de la sangre en el capítulo 7, se verá que el precio del rescate es igual en las dos citas, pues la sangre es la vida de Cristo de precio sin límites, que entregó sin reser­va en el sacrificio de la Cruz. Su muerte fue la muerte de todo, y a los ojos de Dios terminó con todos los efectos de la caída (He. 2:14 y 15; Ef. 1:7; He. 9:14, 26-28; 10:12-24).

 

V.   La vida de liberación

 

La resurrección del Señor, vencedor del diablo, del pecado y de todos sus efectos, inaugura una nueva creación donde hay perfecta libertad en cuanto a todas las formas de esclavitud que se mencionan arriba; pero es necesario apropiarse por la fe de todo el significado de nuestra identi­ficación con Cristo en Su muerte y Su resurrec­ción. Ahora bien, muchos creyentes son como Lá­zaro cuando salió de la tumba: «atadas las manos y ios pies con vendas». Tienen vida, pero se desenvuelven con dificultad porque no se han dado cuenta de que son libres. El Señor dijo de Lázaro: «Desatadle y dejadle ir», y eso es lo que hace falta para todos los creyentes. El secreto es la santificación, que consiste en la apropiación total de la obra de la Cruz.

 

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Capítulo 10

LA RECONCILIACIÓN

 

I.   Definición

 

La palabra «reconciliación» presupone un esta­do anterior de enemistad, o de malas relaciones, que termina con un acto que hace posible la amistad y las buenas relaciones. La palabra se emplea, en el orden natural, en 1.a Corintios 7:11, donde dice Pablo que la mujer apartada de su marido ha de quedar sin casarse o debe «reconciliarse» con él. Es importante notar que, en el uso bíblico de estos términos, la enemistad es siem­pre la del hombre contra Dios y no la de Dios contra el hombre. Como hemos visto en estudios anteriores, la «ira de Dios» es la relación de Su justicia contra el pecado del hombre, y es compa­tible con Su amor para con el mundo rebelde, ya que dio a Su Hijo para hacer posible la salvación del hombre. La hostilidad del mundo ante Dios se puso de manifiesto en el rechazamiento y la crucifixión del Dios-Hombre,

Anticipando por un momento lo que se ha de detallar más abajo, diremos que la obra de la Cruz satisface las exigencias de la justicia de Dios, siendo la propiciación la que hace posible que se levante la ira de Dios que estaba sobre el hombre. En vista de este gran hecho, no existe impedimento de parte de Dios para el retorno del hombre a Su obediencia, y los mensajeros de la Cruz ruegan a los hombres: «Reconciliaos con Dios.» Toca al hombre deponer su actitud de re­beldía y acercarse humildemente al Trono, por medio del arrepentimiento y de la fe, cuando ha­lla que la paz ya está hecha en Cristo Jesús y que el trono de justicia se ha trocado en trono de gra­cia.

 

II.   La base

 

Se explica la base de la reconciliación en Ro­manos 5:10 y 11: «Porque si siendo enemigos, fui­mos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida..., también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.» Aquí se ve claramente que es la muerte del Hijo la que hace posible la paz entre Dios y el hombre, y el tema se enlaza estrechamente con el de la propi­ciación. Dios no podía «hacer las paces» con el hombre a cualquier precio, sino sólo sobre la base de satisfacción de Su justicia. El pasaje que más claramente destaca esta doctrina es 2.a Co­rintios 5:18-21, donde vemos que «Dios... nos re­concilió consigo mismo por Cristo» (5:18) y que «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo mis­mo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados». En estas últimas palabras no se trata de la unión del Padre y del Hijo en la obra, sino más bien indican que Dios efectuó la reconciliación por medio de Su Hijo. La piedra an­gular de la doctrina se halla en el versículo 21: «Al que no conoció pecado, [Dios] por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justi­cia de Dios en él.» (Véase también Col. 1:20-22.)

 

III.   La proclamación de la reconciliación

 

Este aspecto de la gran obra única de la Cruz tiene que ver con las relaciones entre Dios, como soberano, y los hombres como súbditos rebeldes, quienes, por un acto de su propia voluntad, que­dan bajo el poder de Satanás, el «príncipe de este mundo». Con mucha propiedad, pues, los mensa­jeros de la Cruz se llaman embajadores cuando se trata de anunciar la reconciliación, porque repre­sentan al Soberano, que llama a Sus súbditos re­beldes a que vuelvan a Su obediencia. Así, dice Pablo en el pasaje ya citado: «Dios... nos dio el ministerio de la reconciliación..., nos encargó a nosotros la palabra [mensaje] de reconciliación. Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; roga­mos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.» En cuanto a esta última cita, debemos no­tar que la palabra «os» en la Versión Reina Vale-ra no está en el original. Pablo no rogaba a los creyentes de Corinto que se reconciliasen, porque ya lo estaban, sino que les explicaba el carácter de su ministerio ante el mundo en general. El predicador se acerca a los hombres en el nombre de Cristo y con la comisión del Dios Alto, amo­nestándoles que dejen su rebeldía, pues el Rey mismo ha provisto el medio para hacer posible su perdón y su recepción en el Reino.

 

IV.   La recepción de la reconciliación

 

Ya se ha destacado que es el hombre quien tie­ne que reconciliarse con Dios, pues de parte de Dios todo está hecho. Es en Cristo que se recibe (Ro. 5:11) y el único medio es la fe en el Hijo de parte del hombre arrepentido (Jn. 3:36).

 

V.   El alcance de la reconciliación

 

A. La oferta se hace extensiva tanto a los ju­díos como a gentiles, y la obra de la Cruz derriba la barrera que antes existía entre ambas razas (Ef. 2:13-19). Este pasaje es importante, y pode­mos notar la hermosísima expresión: «Él [Cristo] es nuestra paz.»

B. Llegará el día cuando no existirá ningún elemento rebelde en la creación de Dios, fuera de los espíritus malignos y los hombres que rechaza­ron la luz, y aun éstos se someterán a la fuerza, ya que no quisieron hacerlo voluntariamente. Aparte estas salvedades, el alcance de la reconci­liación es universal, según lo hallamos expresado en el pasaje de fundamental importancia de Colosenses 1:20-22: «Y por medio de Él [Cristo] re­conciliar consigo todas las cosas, así las que es­tán en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo ex­traños y enemigos...» No se mencionan las cosas que están debajo de la tierra, o sea, los elementos asociados con la rebelión del diablo. ¡Bendito día aquel cuando nada ni nadie se opondrá a la vo­luntad de Dios!

 

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Capítulo 11

LA SALVACIÓN

 

I.   Definición

 

La palabra «salvación», con el verbo corres­pondiente, expresa la idea de la liberación de un peligro personal. Tenemos un claro ejemplo, en i esfera natural, cuando Pedro empezó a hundir­se al procurar andar sobre las aguas, y exclamó: «Señor, ¡sálvame!». La mano del Señor se exten­dió y le puso a salvo, de modo que el incidente destaca tanto la idea fundamental de la salvación como a la persona del SALVADOR (Mt. 14:30). La pérdida de la salud es un peligro de carácter es­pecial, de modo que el verbo se emplea con fre­cuencia en relación con los milagros de sanidad del Señor Jesús. Así dijo el Señor a la mujer sa­nada de su «plaga»: «Hija, tu fe te ha hecho sal­va» (Mr. 5:34).

La palabra se emplea mucho en el Antiguo Tes­tamento, especialmente en los Salmos e Isaías, para señalar la obra de Jehová al librar a Su pue­blo de las gentes, y anticipa su salvación final en la Segunda Venida de Cristo. En el Nuevo Testa­mento la palabra «salvación» es el término más amplio que aparece para representar toda la obra de Dios a favor de los suyos hasta tenerlos a todos en Su presencia, libres para siempre aun de la presencia del pecado y fuera del alcance de la malignidad del diablo y de los hombres perver­sos.

 

II.   La base de la salvación

 

Es la obra de Cristo en la Cruz: véase especial­mente el capítulo 7 sobre la propiciación y la expiación. En primer término, para que fuese posi­ble que una salvación se manifestara, las exigen­cias de la justicia de Dios tuvieron que quedar satisfechas; en segundo lugar, fue necesario arran­car de la mano del Enemigo sus dos grandes armas: el pecado y la muerte. El Señor anunció el propósito de Su ministerio en términos de sal­vación: «El Hijo del Hombre vino para buscar y salvar lo que se había perdido» (Le. 19:10 con Mt. 27:42).

 

III.   La persona del Salvador

 

Los grandes actos de Dios a favor de Israel en el Antiguo Testamento se llevaban a cabo por medio de instrumentos humanos, que se llama­ban «salvadores», como por ejemplo, José, Moi­sés, Gedeón, Jefté, David, etcétera, que eran figu­ra de Aquel que había de venir (Neh. 9:27). Cono­cidísimo es que el nombre de «Jesús» quiere decir «Jehová el Salvador», y que se le dio por indi­cación angélica, porque: «El salvará a su pue­blo de sus pecados.» El título más sublime y completo, que une Su divinidad con Su obra sal­vadora, se halla en Tito 2:13: «Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.» Lucas se deleita en pre­sentarnos a Jesús como el que se acerca a los necesitados en Su carácter de Salvador univer­sal.

 

IV.   El medio de recibir la salvación

 

La salvación tiene su origen en la gracia de Dios y se recibe por la fe del pecador arrepentido: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe» (Ef. 2:8). Un buen ejemplo es el carcelero de Filipos (Hch. 16:30 y 31), pero se ilustra en los muchos casos de los necesitados que acudieron al Señor durante Su ministerio terrenal. Volvere­mos a este tema en un estudio sucesivo sobre «la la gracia, la fe y las obras» (capítulo 13).

 

V.   El alcance de la salvación

 

Ya hemos notado que es el aspecto más amplio de la obra de Dios a favor de los hombres. Potencialmente, la gracia de Dios trae salvación a todos los hombres (Tit. 2:11), pero la increduli­dad levanta una barrera entre Dios y el hombre e impide que la corriente salvadora de la gracia llegue efectivamente al hombre rebelde y falto de fe. En relación con el creyente, notemos las tres etapas de la salvación.

A. Pasada. La salvación del alma, en cuanto a su liberación de la condenación, es completa y eternamente segura desde el momento en que confiamos en el Salvador: «El que cree en mí tie­ne vida eterna», dice el Señor (Jn. 6:47). Considé­rense las citas siguientes: Efesios 2:8; 2.a Timoteo 1:9; Tito 3:4 y 5. En versículos como 1.a Pedro 1:9 y 10; Hebreos 5:9 y Judas 3, la palabra abarca toda la obra de Dios a favor del creyente.

B. Presente y continua. Es voluntad de Dios que Su obra salvadora se manifieste plenamente en las vidas de los creyentes. Este tema roza con el de la santificación que se tratará en el capítulo 17, pero podemos notar aquí los textos que lo relacionan con la salvación. «Ocupaos en [llevad a cabo] vuestra propia salvación con temor y tem­blor» (Fil. 2:12); es decir, todos los efectos de la salvación, que ya es nuestra, han de cumplirse y manifestarse en un sentido análogo. «Anhelad, como niñitos recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación» (1 P. 2:2); o sea, para una vida espiri­tual plenamente desarrollada. (Véase también 2 Ti. 3:15; 1 Co. 15:2; 1 Ti. 4:16; He. 7:25; Stg. 1:21.) Es una salvación presente y progresiva, por la cual el poder divino que fluye de la cruz y de la resurrección, aplicado al creyente por el Espí­ritu Santo, hace efectiva su liberación del domi­nio del pecado y le prepara para el destino eterno propuesto por Dios.

C. Futura. Aún gemimos en este cuerpo, sin­tiendo tanto los impulsos de la carne por dentro como la presión del mundo por fuera, pero somos «guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero» (1 P. 1:5). En este sentido, «ahora está más cerca nues­tra salvación que cuando creímos» (Ro. 13:11). La salvación completa se relaciona con la Venida del Señor (1 Ts. 1:9 y 10; 5:8 y 9) y abarca toda la obra de Dios en cuanto a la totalidad del hom­bre, ya que recibirá, en la primera resurrección, un cuerpo glorificado por medio del cual se cumplirá todo el propósito de Dios en orden al hom­bre (1 Co. 15:42-55). Todas las posibilidades de la personalidad del hombre han de desarrollarse en el estado eterno sin estorbo y dentro de la volun­tad de Dios, y se manifestará todo el sentido del decreto original: «Hagamos al hombre a nuestra imagen...»

 

VI.   La seguridad eterna del creyente

 

La vida triunfal del Señor y Su obra a la dies­tra de Dios son ia garantía de nuestra salvación eterna: «Porque si siendo enemigos, fuimos re­conciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos sal­vos por su vida»; «Éste [Cristo]... tiene un sacer­docio inmutable; por lo cual puede salvar tam­bién perpetuamente a los que por él se acercan a Dios» (Ro. 5:9 y 10; He. 7:24 y 25). (Véase tam­bién Jn. 5:24; 10:28-30; Ro. 8:29-39; 1 Jn. 5:13; Ro. 8:1, etc.)

 

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Capítulo 12

LA REGENERACIÓN O EL NUEVO NACIMIENTO

 

I.   Definición

 

Este término, la «regeneración», es la aplica­ción de la figura del nacimiento humano a la es­fera espiritual.

Hubo un momento en que empezamos a vivir en este mundo, y, de igual forma, hubo necesaria­mente un momento en que el creyente, antes «muerto en delitos y pecados», empezó a vivir espiritualmente.

La palabra más frecuente en el Nuevo Testa­mento es «engendrar», refiriéndose a Dios como Fuente de la vida nueva, y «engendrado», en re­lación con el ser que ha recibido la vida. Es muy frecuente en los escritos del apóstol Juan, y se traduce a menudo en la versión Reina-Valera por «nacer» y «nacido» (Jn. 1:12 y 13; 1 Jn. 2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4 y 18).

 

II.   La necesidad del nuevo nacimiento

 

Las Escrituras no enseñan que el hombre caído guardara un pequeño residuo de vida espiritual, que pudiera desarrollarse en una vida completa por sus propios esfuerzos o por los de otros seres humanos. Antes, al contrario, declaran que el hombre caído se halla en un estado de muerte es­piritual (Ef. 2:1-3). La personalidad humana per­siste, desde luego, como también la posibilidad de una nueva vida; pero ésta ha de recibirse de Dios por los medios que Él mismo determina (Tit. 3:4 y 5). De ahí la conocida declaración del Señor a Nicodemo: «Os es necesario nacer otra vez.» La carne solamente puede engendrar «carne», y sólo el Espíritu puede producir lo espiritual (Jn. 3:6).

 

III.   La fuente de la vida nueva

 

El apóstol Pedro declara: «Dios... nos hizo re­nacer para una esperanza viva, por la resurrec­ción de Jesucristo de los muertos» (1 P. 1:3). La resurrección del Señor presupone Su muerte ex­piatoria. Por Su muerte, que fue la muerte de todos, el Salvador quitó el gran obstáculo que impedía la manifestación de la vida. Por Su resu­rrección, Cristo «quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio» (2 Ti. 1:10). Los infinitos tesoros de la vida de resurrec­ción están ya a la disposición de todo creyente.

 

IV.   El medio de la regeneración

 

Ya hemos visto que sólo Dios puede dar la vida, de la cual es fuente y origen, y que ha hecho po­sible su transmisión en la obra salvadora de Cris­to (Jn. 1:12 y 13; Stg. 1:18). Ahora bien, existen condiciones de parte del pecador que se señalan claramente en las Escrituras.

A. La semilla es la Palabra de Dios: «Siendo re­nacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y per­manece para siempre» (1 P. 1:23; Stg. 1:18). Es el mensaje divino que llega a los oídos y al corazón del pecador por el testimonio del Evangelio el que puede transmitir la vida.

B. Solamente el Espíritu vivificador puede ha­cer germinar la semilla de la Palabra (Jn. 3:5, 6

y 8).

C. De parte del hombre las condiciones son el arrepentimiento y la fe. El significado de la pala­bra «agua» en Juan 3:5 es muy discutido. Descar­tamos en seguida la idea de la «regeneración bautismal» por el agua del bautismo, por ser con­traria a lo más esencial de las enseñanzas del Nuevo Testamento. Podría ser símbolo de la «Pa­labra», como en Efesios 5:26, o una referencia al bautismo del arrepentimiento de Juan el Bautis­ta, cuyo significado conocería perfectamente el «maestro de Israel».

El «arrepentimiento» (metanoia) es «un cambio de mente, o de actitud» de parte del hombre; vuelve las espaldas al pecado y dirige su rostro a Dios. Entonces, positivamente, se entrega con fe al Salvador presentado en el mensaje del Evangelio, y el Espíritu de Dios vivifica la «Palabra» y se crea en la personalidad del hombre una nueva vida, que es «engendrada de Dios». El modo del nuevo nacimiento se explica en lo restante del ca­pítulo 3 de Juan.

 

V.   Las consecuencias del nuevo nacimiento

 

A. Una nueva relación con Dios. (Véase otra vez Jn. 1:12.) Se ha conferido al creyente una nueva dignidad: la de ser hijo de Dios y pertene­cer a la familia del Altísimo. Solamente los «engendrados »tienen derecho a mirar a Dios y llamar-e «Padre nuestro». Juan emplea el hermoso térmi­no de tekna (los «nacidos»), pues subraya el hecho de nuestra relación con el Padre por el nacimiento. Pablo se deleita en otra palabra: huioi (hijos cons­cientes y adultos), y generalmente la relaciona con nuestra adopción, que tiene que ver con nuestros privilegios y responsabilidades como hijos de Dios.

B. Una nueva vida. La naturaleza, recibida de Dios, existe en nuestra personalidad al lado de la vieja naturaleza (la «carne» o «el viejo hombre») heredada de Adán por el nacimiento natural, pero la nueva naturaleza debe prevalecer, y el após­tol Juan saca unas consecuencias profundas del hecho de ser engendrados de Dios: 1) El engen­drado de Dios no peca y vence al mundo (1 Jn. 3:9; 5:4 y 18); y 2) implica la manifestación prác­tica de la justicia y del amor fraternal (1 Jn. 2:29; 4:7). Pablo deduce la doctrina de la santificación del hecho de nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección (Ro. cap. 6). Juan la deduce del hecho fundamental de nuestra partici­pación en la naturaleza de Dios. (Compárese tam­bién con el punto de vista de Pedro, 2 P. 1:3 y 4.)

 

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Capítulo 13

LA GRACIA, LA FE Y LAS OBRAS

 

I.   Definición

 

En estudios anteriores hemos hecho referencia repetidas veces a los grandes conceptos de la GRACIA divina y la FE, con el principio opuesto de las OBRAS muertas de los hombres (He. 6:1; 9:14), pero es conveniente volver a definirlos en este estudio buscando la relación que existe entre ellos, pues de la debida comprensión de estos tér­minos, relacionados con la obra de la Cruz, de­pende la eficacia y la claridad del anuncio del Evangelio.

La gracia divina es el favor de Dios, al impulso de Su amor, hacia el hombre que nada ha mere­cido, de modo que llega a ser la fuente de donde fluye el caudaloso río de la salvación en todos sus aspectos, y el origen de todo bien para el hombre. La gracia divina es mucho más que una mera be­nignidad, pues, tratándose del favor del Dios so­berano y omnipotente, pone en movimiento todos los recursos de la divinidad y lleva a feliz térmi­no todos Sus buenos propósitos en orden al hom­bre. De la fuente de la gracia brota la obra de la Cruz, la gloria de la Resurrección, el descenso del Espíritu Santo, la formación de la Iglesia, la derrota final del mal y la inauguración de la nueva creación.

La fe (aparte ciertos sentidos secundarios) es el complemento en el hombre de la manifestación de la gracia de parte de Dios. La rebeldía y la in­credulidad oponen una barrera a la operación de la gracia divina; la fe hace que el hombre acepte el mensaje de Dios y descanse totalmente en la persona de Cristo, ofrecida en el Evangelio como única base de la fe verdadera, permitiendo así que la obra de gracia se realice en el corazón del creyente. La confianza del alma en Cristo, que es la esencia de la fe, establece una unión vital entre Cristo y aquel que acude a Él, de tal forma que todo lo que es Cristo, y todo el valor de Su obra, llega a ser la posesión personal e inalienable del creyente.

Las obras del hombre son las actividades del hombre camal, ora sean «malas» ora sean «bue­nas» según el criterio del hombre caído. Es fácil comprender que las malas obras acarrean conde­nación y muerte, pero las Escrituras enseñen con igual claridad que aun las «buenas obras» del hombre carnal son inútiles para conseguir la sal­vación y pueden llegar a ser un estorbo para re­cibir con fe la obra de Dios en Cristo, ya que, obrando el hombre, no deja obrar a Dios. El Evangelio exige que el hombre se rinda sin condi­ciones a Dios, y, que extienda sus manos vacías para recibir de Él la vida eterna.

 

II.   La gracia divina

 

Partiendo de la base de la definición que ya he­mos adelantado, podemos notar lo siguiente:

A. El origen de la gracia. «Gracia y paz a voso­tros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucris­to» (Ro. 1:7). He aquí la hermosa y típica frase con la cual Pablo solía saludar a las iglesias y a sus colaboradores en la obra, y que nos hace ver que el Padre y el Hijo Jesucristo son conjunta­mente los autores de la gracia, que fue provista por el Padre, traída y manifestada por el Hijo y hecha eficaz en el corazón del creyente por el Es­píritu Santo (Jn. 1:17; 2 Ti. 1:9; He. 2:9; 10:29). De paso podemos notar que las salutaciones de Pablo son una demostración de la divinidad del Señor Jesucristo, ya que es inconcebible que la gracia procediera de quien no fuese Dios.

B. El alcance de la gracia. 1) Potencialmente pone la salvación al alcance de todos los hombres: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres...» (Tit. 2:11). 2) Bosta para la salvación del peor de los pecadores que se arrepiente y cree en Cristo, según el ejemplo que tenemos en la conversación de Saulo de Tar­so (1 Ti. 1:12-16). Véase también Le. 23:39-43. 3) Como consecuencia lógica de la definición que hemos adelantado se relaciona con todos los as­pectos de la obra de Dios a favor de los hombres (Ro. 3:24; Gá. 1:15; Hch. 15:11; Ef. 2:5-8, etc.). 4) Convierte al trono de juicio en trono de gracia para el creyente, y es la fuente de todo consuelo y de su socorro (He. 4:16; 2 Co. 12:9). 5) £5 el poder y la sustancia de todos los dones, que se llaman charismata, o sea, «operaciones de gracia», como también de todo servicio eficaz (1 Co. 15:10; Ro. 12:6). Todo esto se incluye en «las abundantes ri­quezas de su gracia» (Ef. 2:7).

C. El ejemplo excelso de la gracia. «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis en­riquecidos» (2 Co. 8:9). ¡Tal es la gracia que ha de reflejarse en la vida de los creyentes! (2 P. 3:18).

 

III.   La fe

 

A. Significado de la fe. La palabra griega pis-tis («fe») y el verbo correspondiente (pisteuo) se emplean casi 500 veces en el Nuevo Testamento, lo que da la medida de la importancia del prin­cipio que hemos señalado arriba. Aparte de algu­nos casos secundarios en que significa «fide­lidad», se pueden distinguir dos aspectos muy relacionados en el uso de estas palabras: 1) Por un movimiento del ser humano, en el que entra tan­to la inteligencia como la voluntad, se asiente a la declaración del Evangelio; y 2) por un acto análogo, el alma confía totalmente en la persona del Salvador. «La fe viene por el oír; y el oír, por la palabra de Dios» (Ro. 10:17); pero la recepción del mensaje pasa a ser confianza total en una per­sona: «Yo sé a quién he creído...» (2 Ti. 1:12). Abraham recibió la promesa de Dios, pero su jus­tificación resultó de su fe en Dios: «Y creyó Abra­ham a Dios y le fue atribuido a justicia.» Por pa­dre de muchas gentes te he puesto: delante de Dios al cual creyó...» (Ro. 4:3, 17).

B. La fe es el medio de la salvación en todos sus aspectos. Como hemos visto, es la actitud del hombre que corresponde a la gracia que procede de Dios y nace de la comprensión de la nulidad de todo esfuerzo humano, combinando con la vi­sión de la suficiencia total de Dios y de Su obra en Cristo. Dios por Su gracia ofrece la salvación al hombre; éste por su fe la hace suya. No puede haber verdadera fe sin la humildad, y por eso el Señor declara que hemos de volvernos como ni­ños para entrar en Su Reino (Mt. 18:3; Hch. 16:30 y 31; Jn. 3:16-18, etc.).

C. Sin la fe no puede haber poder ni bendición en la vida del creyente. El mismo principio que nos une con Cristo para recibir la salvación, man­tiene el contacto con Dios a los efectos de todos los aspectos de la vida y del servicio del cristiano, hasta tal punto que Pablo declara: «Todo lo que no proviene de fe es pecado» (Ro. 14:23; véase también He. 11:6). A la fe que nos relaciona con Dios, corresponde el amor que nos pone en con­tacto con el hombre; así que «la fe obra por el amor» (Gá. 5:6). Si la fe se debilita, el contacto con Dios se dificulta, y el poder divino no fluye ni se manifiesta en la vida del creyente. Al hombre de fe que se halla en los caminos de la voluntad de Dios, todo le es posible (Mr. 9:23; Le. 17:5 y 6).

 

IV.   Las obras humanas

 

A. Las obras humanas surgen de la «carne». La actividad total del hombre caído surge de la «carne» (la vieja naturaleza del hombre heredada de Adán), y los que están en la carne no pueden agradar a Dios (Ro. 8:7 y 8). Por consiguiente, no sólo las obras malas del hombre son abominables delante de Dios, sino que también sus mejores justicias son como «trapos de inmundicia» (Is. 64:6), ya que es un hecho real que todos los hom­bres se han descarriado como ovejas y que ningu­no, por naturaleza, es justo delante del divino Juez (Is. 53:6; Ro. 3:10 y 12). Ya hemos visto en el capítulo 5 que eso no quiere decir que el hom­bre sea incapaz de realizar actos nobles en rela­ción con sus semejantes, sino que toda obra hu­mana lleva en sí el germen del pecado inherente en el hombre y no puede presentarse delante de Dios en estas condiciones.

B. Son inútiles para la salvación del hombre. El apóstol Pablo, haciendo referencia a las obras de la Ley, dice enfáticamente que si al hombre le fuese posible conseguir la justificación (o la sal­vación) por su bien hacer, «entonces por demás murió Cristo» (Gá. 2:21). El Señor Jesús «consu­mó» la obra de salvación en la Cruz, y el pobre pecador no puede añadir nada a ella para salvar­se: «no por obras, para que nadie se gloríe» dice la Palabra de Dios (Ef. 2:9; véase 2 Ti. 1:9; Tit. 3:5).

C. Son un obstáculo para el hombre religioso, ya que éste confía en sus propios méritos y no acepta por fe la salvación que Dios le ofrece gra­tuitamente en la persona de Su Hijo Jesucristo. Los tales pretenden justificarse a sí mismos; pero Dios no los puede aceptar en su actitud orgullosa. Dijo el Señor a los religiosos fariseos: «Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos de­lante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación» (Le. 16:15). Esta actitud de justicia propia fue el gran obstáculo para el pueblo de Israel (Ro. 10:3; véa­se también Le. 18:9-14).

D. Las buenas obras en el poder del Espíritu Santo son el fruto de la vida nueva. Desde luego lo dicho hasta aquí no quiere decir que Dios no de­see las buenas obras del hombre, sino que éstas deben ser el resultado lógico de la nueva vida de aquellos que por su fe han establecido contacto espiritual con el Señor Jesús, el autor de la vida y, por lo tanto, el orden establecido divinamente es éste: primero aceptar la vida; luego producir los frutos de justicia por el poder del Espíritu Santo que nos es dado al creer (Gá. 5:22). Pablo dice que no somos salvos por medio de nuestras obras, pero sí que el creyente, ya salvo, está lla­mado a andar en buenas obras, «las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:9 y 10; véase Mt. 5:13-16; Hch. 26:20; Col. 1:10, etc.). Hacer obras para salvarnos es ha­cer lo contrario de lo que Dios ha dispuesto: es poner el carro delante del caballo.

 

E. La justificación por las obras.

 

Es muy cierto que, delante de Dios, lo que justifica al hombre es la fe en Cristo, quien murió y resucitó a favor del Pecador; pero esta justificación no es meramente legal, sino vital, por la íntima unión con el Señor (1 Co. 6:17); luego las obras en el creyente son las que justifican públicamente su fe verdadera en el Señor Jesús. Son la expresión de vida de uno que, habiendo estado muerto, ha revivido; desde luego, la única prueba de la vida nueva de un resucita­do es que dé señales de esa vida; de no ser así no creeríamos. Éste es el pensamiento de Santiago cuando escribe su epístola (Stg. 2:14-26). Abraham, por ejemplo, fue justificado (término legal) delante de Dios cuando creyó (Gn. 15:6), mien­tras que años más tarde «justificó» su fe sincera cuando, en obediencia a Dios, ofreció a su hijo Isaac sobre el altar (Gn. 22). «Sus obras mostra­ron su fe.» «Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.»

 

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Capítulo 14

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

 

I.   El hecho histórico de la resurrección de Cristo

 

Por la resurrección de Cristo ha de entenderse que el cuerpo del Señor Jesús, que fue muerto realmente en la Cruz y sepultado en una tumba, fue levantado por Dios al tercer día, sueltos los dolores de la muerte (Mt. 28; Mr. 16; Le. 24; Jn. 20 y 21).

A.    La resurrección de Cristo, profetizada. La muerte de Cristo por los pecados de los hombres y Su resurrección de entre los muertos eran las doctrinas básicas de la predicación del Evangelio en boca de los apóstoles. Dice Pablo: «Cristo murió por nuestros pecados... y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Co. 15:1-3). Estas últimas palabras del apóstol indi­can que la resurrección del Señor Jesús ya estaba profetizada en el Antiguo Testamento. En figura, se halla implícita en el sacrificio de Isaac (Gn. 22:1-13; He. 11:17-19) y en el caso de Jonás (Jon. 2; Mt. 12:39 y 40). Proféticamente, está compren­dida en las palabras de Isaías (53:10): «Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días...» Por último, en el Salmo 16, David, hablando en nombre de Cris­to, escribe: «No dejarás mi alma entre los muer­tos, ni permitirás que tu Santo vea corrupción» (Versión Moderna). Estas palabras son interpre­tadas por los apóstoles Pedro (Hch. 2:23-31) y Pa­blo (Hch. 13:35-37) como una profecía explícita de la resurrección del Señor (véase Le. 24:46).

B.   Las pruebas del hecho de la resurrección de Cristo. Existen pruebas suficientes en los relatos de los evangelistas que evidencian la realidad de la re­surrección del Señor, ya que todos ellos nos dan numerosos pormenores tocante a esta doctrina; y en cuanto a las aparentes discrepancias respecto a ciertos puntos, son una bagatela referente al HECHO CENTRAL de que Cristo se levantó real y verdaderamente de entre los muertos. Sin em­bargo, ha habido críticos, y los hay, que no han querido admitir la evidencia del milagro máxi­mo. Estos tratan de defender las hipótesis si­guientes:

 

1. «Los discípulos robaron el cuerpo del Se­ñor, e inventaron la especie de que había resucitado.» Esta «explicación» hace caso omiso de toda la evidencia, porque: a) ¿Cómo pudieron los discípulos extraer el cuerpo ante los ojos de los soldados romanos? b) ¿Por qué estaban dispuestos a morir por una superchería manifiesta? c) Si los soldados estaban durmiendo (Mt. 28:13), ¿cómo sabían ellos que lo habían robado los apóstoles?

 

2. «El Señor no murió en la Cruz, sino que su­frió un desmayo, y en tal estado José lo colocó en la tumba. Por la mañana, recobrando las fuerzas, salió.» Esta teoría no concuerda con el relato evangélico, ya que Juan el apóstol da testimonio solemne de haber visto cómo un soldado romano traspasó con una lanza el costado del Señor Jesús (Jn. 19:34-37).

 

3. «Los discípulos, influidos psicológicamente por sus grandes deseos de volver a ver a Jesús, sufrían una serie de alucinaciones, de modo que las manifestaciones no tenían más que una reali­dad subjetiva, y no constituyen hechos reales.» Esto podía suceder en el caso de que los discípu­los hubiesen puesto su confianza en la resurrec­ción inmediata de su Maestro; pero, lejos de esto, ninguno de ellos esperaba que Cristo resucitase; al contrario, estaban desanimados y tenían mie­do de los judíos (Jn. 20:19). Las mujeres vinieron al sepulcro, el primer domingo cristiano, no para ver la tumba vacía, sino para embalsamar el cuerpo para su largo sueño. Tan cierto es ello, que se preguntaban ansiosas quién les removería la piedra de la entrada del sepulcro para entrar en él (Mr. 16:3). María Magdalena corrió a decir a los discípulos, no que Él había resucitado, sino que Su cuerpo había sido quitado y que no sabía dónde lo habían puesto (Jn. 20:1 y 2). Cuando los apóstoles se reunieron, se «estaban lamentando y llorando» (Mr. 16:10). Cuando las mujeres dije­ron a los otros discípulos que Cristo había resuci­tado y que se les había aparecido, no lo creyeron; y, ante Su manifestación, dudaron (Mt. 28:17; Mr. 16:11-13; Le. 24:11). Juan declara que «no co­nocían la Escritura, que El hubiera de resucitar de entre los muertos» (Jn. 20:9). ¿Podría haber otra cosa más patética que las palabras de los dos discípulos que iban a Emaús?: «Pero noso­tros esperábamos que Él era el que había de re­dimir a Israel...»

 

4. «Toda la historia de la resurrección es un mito, que encierra hondas verdades espirituales, pero nada de ello tiene categoría histórica.» Bas­ta contestar que un «mito» necesita siglos para «incubarse», pero la doctrina de la resurrección se predicaba a las pocas semanas del hecho. Ade­más, si la resurrección es un mito, ¿por qué no presentaban los judíos el cuerpo de Jesús al pue­blo para disipar las dudas?

 

5. «Los discípulos vieron un espíritu, que se hacía visible a la manera de las evocaciones espi­ritistas.» Tal teoría no explica la tumba vacía. ¿Qué se hizo, entretanto, del cuerpo del Señor Je­sús? Él sabía que los discípulos podían creer que se manifestaba a ellos en «espíritu» solamente, y por eso les demostró la realidad de Su cuerpo re­sucitado (Le. 24:37-40; Jn. 20:27-29).

Los evangelistas refieren las diversas manifes­taciones (diez por lo menos) del Señor a los suyos después de haber resucitado. Todas ellas se hicie­ron bajo las más variadas condiciones y circuns­tancias. Lucas, el autor del libro de Los Hechos, escribe diciendo: Jesús «después de haber padeci­do se presentó vivo con muchas pruebas indubi­tables, apareciéndoles por cuarenta días» (Hch. 1:3; véase 13:31). Una de estas pruebas indiscuti­bles es la que declaró el apóstol Pedro en su predicación en casa de Cornelio: «A éste [Jesús] levantó Dios el tercer día, e hizo que se manifesta­se... a los testigos que Dios había ordenado de an­temano, a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de los muertos» (Hch. 10:40 y

41). En efecto, el Señor resucitado «comió» y «bebió» con ellos (véase Le. 24:41-43; Jn. 21:1-14).

El testimonio del apóstol Pablo es de un valor incalculable. El Señor resucitado y glorificado se le apareció también a él, lo que le constituye en testigo ocular de Su resurrección, como los de­más apóstoles. Su testimonio nos llega a través de un auténtico documento de su puño y letra (1 Co. 15, epístola incontrovertida por los críticos). Para confirmar lo que dice, apela al testimonio de los supervivientes de «más de 500 hermanos» que le vieron en una sola ocasión. Es indudable que todas las pruebas de credibilidad pueden aplicarse con éxito a este testimonio.

Debemos considerar, además, como prueba amplia e irrefutable, la repentina y total transfor­mación moral de los testigos, y la formación in­mediata de la Iglesia. En Jerusalén, los aterrados y fugitivos discípulos que habían negado a su Se­ñor se reúnen de nuevo, y, con intrépido coraje, proclaman esta «antipática» doctrina de la resu­rrección, con el resultado de que se convierten millares de personas (Hch. 1:8; 2:32; 3:15; 4:20 y 33; 5:32, etc.). Aquellos testigos ya no hacen caso ni de peligros ni aun de la muerte. Ahora bien, el fraude no produce tales ejemplos de valentía ni la desilusión crea reinos de celestial poder. Un árbol no puede producir otro fruto que el corres­pondiente a su especie. Así ocurrió con los márti­res cristianos: el fruto que ellos produjeron tuvo por causa eficiente la fe en la resurrección de Je­sús.

Los creyentes podemos descansar en una so­bria certidumbre, y exclamar con voz de triunfo, al unísono con Pablo: ¡Cristo ha resucitado de los muertos...! (1 Co. 15:20).

 

 

II.   Importancia de la resurrección de Cristo

 

La resurrección de Cristo es de tal importancia que el cristianismo se derrumba si ésta cae y se mantiene en pie si ésta se mantiene enhiesta. Considerando el asunto llanamente y sin rodeos, diremos que si la resurrección tuvo lugar, es fácil la aceptación de los otros milagros de Cristo, pues todas las esperanzas del cristiano están fun­dadas, precisamente, en ese hecho; pero «si Cris­to no resucitó, se sigue que no era el Hijo de Dios, y en ese caso el mundo se halla desolado, el cielo vacío, el sepulcro oscurecido y el pecado sin so­lución; con el corolario de que la muerte será eterna» (Mullins). El apóstol Pablo declara termi­nantemente que «si Cristo no resucitó, vana es en­tonces nuestra predicación, vana es también vues­tra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios... si Cristo no resucitó... aún estáis en vuestros peca­dos... Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres» (1 Co. 15:14-19).

 

III.   La resurrección de Cristo en relación con la vida del creyente

 

Todos los aspectos de la vida del cristiano de­penden del gran acontecimiento de la resurrec­ción de Cristo, según vemos a continuación:

A. La justificación: «Jesús, nuestro Señor, el cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación» (Ro. 4:25); o sea, que la perfecta justificación que a favor de los hombres consiguió Cristo en Su muerte expia­toria fue la causa por la que pudo romper los lazos de la muerte y salir a la vida de resurrección.

B. La salvación: «Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Ro. 10:9), ya que la resurrección es la consumación de la totalidad de la obra de la Cruz.

C. La regeneración: El apóstol Pedro escribe: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesu­cristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrec­ción de Jesucristo de los muertos» (1 P. 1:3); pues la resurrección de Cristo es la fuente y el origen de la vida nueva del creyente.

D. El bautismo cristiano, en el cual, después de haber sido sumergido en el agua, el creyente sube de ella y anuncia simbólicamente su identi­ficación con la vida de resurrección del Señor Je­sucristo {Col. 2:12; 1 P. 3:21).

E. La vida de fe del creyente fiel, ya que da por muerto todo lo natural para confiar plena­mente en Dios «que levantó de los muertos a Je­sús, Señor nuestro» (véanse los casos típicos de Abraharn y Pablo: Ro. 4:17-24; 2 Co. 1.9).

F, La santificación: El apóstol Pablo habla del cristiano como identificado con Cristo en Su muerte y en Su vida gloriosa de resurrección, ex­hortando a que todos los creyentes consideren este hecho como la única base de separación del pecado. «Así también vosotros consideraos muer­tos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Je­sús. Señor nuestro» (Ro. 6).

G. La resurrección de Cristo es el secreto de toda manifestación del poder divino en el creyente: «...para que sepáis.,, cual [es] la supereminente grandeza de su poder [de Dios] para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos...» (Ef. 1:18-21 y FU. 3:10).

H. Nos traslada a las esferas espirituales en so­lidaridad con Cristo: A los ojos de Dios, lo que Él realizó en la persona de Su Hijo a favor de los hombres es una realidad desde ahora para noso­tros los creyentes, de tal manera que Pablo decla­ra: «Dios... nos dio vida juntamente con Cristo... con él nos resucitó, y, asimismo, nos hizo sentar en lugares celestiales con Cristo Jesús» (Ef. 2:4-6 con Col. 3:14).

 

 

 

IV.    La resurrección de Cristo es la garantía de la resurrección corporal del creyente.

 

En efecto, la resurrección actual del cristiano es espiritual, mas en la venida de Cristo será cor­poral, la cual está afianzada por la resurrección previa del Señor Jesús. «Mas ahora ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos... Pero cada uno en su debido or­den: Cristo, las primicas; luego los que son de Cristo en su venida» (1 Co. 15:20-23, con 6:14; FU. 3:20 y 21; 1 Ts. 4:14-17).

 

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Capítulo 15

LA PERSONA Y LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

 

I.   El Espíritu Santo en la Santísima Trinidad

 

La Biblia no expresa de una manera dogmática la verdad acerca del Espíritu Santo. Sin embar­go, las muchas referencias a él y a su obra pue­den resumirse como sigue: El Espíritu Santo es la tercera «Persona» de la Deidad, quien procede desde la eternidad del Padre (Jn. 15:26) y del Hijo exaltado (Jn. 16:7; Hch. 2:33; Gá. 4:6), siendo igual a ellos en esencia. No es una mera «influen­cia» que emana de Dios, sino el agente inmediato en toda la obra divina, tanto en la creación ma­terial como en el espíritu del hombre, manifes­tando todos los atributos de una «personalidad». Su Nombre se halla unido con el Padre y el Hijo en la fórmula bautismal (Mt. 28:19) y en la ben­dición de 2.a Corintios 13:14.

 

II.   Los nombres del Espíritu Santo

 

Mucha de la doctrina referente al Espíritu San­to se puede deducir de los nombres que le desig­nan las Escrituras. Podemos notar los siguientes: el Espíritu Santo (Le. 11:13); el Parakleto: Aboga­do y Consolador (Jn. 14:16 y 26); el Espíritu de Cristo (Ro. 8:9); el Espíritu de Dios (Ro. 8:14); el Espíritu de Dios viviente (2 Co. 3:3); el Espíritu del Hijo (Gá. 4:6); el Espíritu del Señor (2 Co. 3:17); el Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1:13); el Espíritu eterno (He. 9:14); el Espíritu de gloria (1 P. 4:14); el Espíritu de gracia (He. 10:29); y el Espíritu de verdad (Jn. 15:26).

 

III.   El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento

 

El Espíritu Santo aparece como agente divino en la creación: «... y el Espíritu de Dios se movía sobre [incubaba] la faz de las aguas» (Gn. 1:2); es decir, que él daba energía, vida y calor a todo lo creado; también es el agente divino en la renova­ción de la naturaleza (Sal. 104:30), en la vida hu­mana (Job 33:4), en la transformación moral del hombre (Zac. 12:10), en la resurrección histórica del pueblo de Israel (Ez. 37:9), y en su avance es­piritual (Jl. 2:28 y 29). El pasaje que lo represen­ta más aproximadamente como una Persona es Isaías 63:10: «Contristaron su Espíritu Santo» (Versión Moderna). Los hombres que se formaron bajo la antigua alianza experimentaron en oca­siones una fuerza física y un valor superiores a los que podían esperar de sí mismos (Sansón, Jue. 14:6); o una capacidad mental y habilidad artística acrecentadas extraordinariamente (Be-zaleel, Ex. 31:1-3). La explicación de todo ello es que el Espíritu de Jehová «cayó» sobre ellos, «se invistió» en ellos, los «llenó»; en fin, obró podero­samente a su favor. Aún más característica es una visión extraordinaria que interpreta la reali­dad pasada y predice los sucesos futuros, o sea, la inspiración profética (1 P. 1:10-12). El falso profe­ta Sedequías dijo a Miqueas: «¿Por dónde pasó el Espíritu de Jehová de mí, para hablar contigo?» (1 Ro. 22:24, Versión Moderna).

El punto de enlace con el Nuevo Testamento es el futuro Mesías altamente dotado con el Espíritu de Dios (Is. 11:2; 42:1; 61:1).

 

IV.   La personalidad del Espíritu Santo

 

A. El Espíritu Santo es una persona, no una mera influencia, emanación o manifestación. En las palabras del Señor Jesús a los apóstoles en el cenáculo atribuye al Espíritu Santo acciones pro­pias de una persona: «Yo rogaré al Padre —dice—, y os dará otro Consolador (o Abogado)... Mas el Consolador, el Espíritu Santo..., él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn. 14:16 y 26). «Cuando venga el Con­solador..., él dará testimonio de mí» (Jn. 15:26). «Y cuando él venga convencerá al mundo de pe­cado, de justicia y de juicio..., pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la ver­dad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará sa­ber las cosas que habrán de venir» (Jn. 16:7-15).

Además, podemos notar que el Señor habla del pecado contra el Espíritu Santo (Mt. 12:31). Como una persona divina que es, se le puede «contristar» (Ef. 4:30), «resistir» y «hacerle afrenta» (Hch. 7:51; He. 10:29). El Espíritu Santo habla a los siervos de Dios dándoles indicaciones (Hch. 8:29; 10:19 y 20); especifica el servicio de los santos (Hch. 13:2-4); prohibe (Hch. 16:6 y 7); intercede (Ro. 8:26 y 27) y ama (Ro. 15:30).

B. El Espíritu Santo es Dios. Esta verdad que­da probada por los muchos pasajes de las Escri­turas en los que se identifica al Espíritu Santo con la divinidad. Por ejemplo: El profeta Isaías (6:8 y 9) dice que oyó la voz del Señor, y el escri­tor inspirado Lucas, haciendo historia de Pablo en un momento cuando éste se refirió a aquel pa­saje de Isaías, escribe: «Bien habló el Espíritu Santo por el profeta Isaías...» (Hch. 28:25 y 26). Así, pues, el Ser que habló era Dios el Espíritu Santo (cp. con Jer. 31:31-34 v He. 10:15). Otro caso muy notable es el pecado cometido por el matrimonio Ananías y Safira, que motivó las si­guientes palabras del apóstol Pedro: «¿Por qué Oenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo...? No has mentido a los hombres, sino a Dios» (Hch. 5:3, 4 y 9). La afirmación es clara: mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios. Las Escrituras atribuyen constantemente al Espí­ritu Santo los atributos de Dios, como omnipo­tencia, omnisciencia, ominipresencia y también su perfección suma: la santidad (Le. 4:14; Ef. 3:16; Sal. 139:7-12; Job 26:13; 33:4; 1 Co. 2:9-12; 6:11: 12:8-11; He. 9:14; Ro. 1:4; 8:11; 2 P. 1:21; Hch. 1:16; 20:28; Le. 12:12; Ap. 2 y 3).

 

V.   La obra del Espíritu Santo

 

A. En relación con la creación material. Su pri­mera manifestación en el mundo se describe en Génesis 1:2: «El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas»; y Job exclama: «Por su Es­píritu adornó los cielos» (Job 26:13).

B. En relación con la humanidad. La forma­ción del hombre en Génesis 2:7 se describe así: «Entonces Jehová formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida». Las palabras en cursiva señalan la parte espiri­tual del hombre, el cual fue formado por el Espíritu Santo: «El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» (Job 33:4 con 27:3). Antes del diluvio, el Espíritu Santo «con­tendía» con los hombres (Gn. 6:3).

C. Capacita a los hombres para la obra de Dios (véase los casos de Bezaleel y Sansón referidos en el Apartado III).

D. En relación con las Sagradas Escrituras. 1) Su autor (1 P. 1:10-12; 2 P. 1:20 y 21; Hch. 1:16; 2 Ti. 3:16 y 17; Jn. 14:26; 16:12-15). Todos estos pasajes revelan la intervención del Espíritu San­to en la redacción de las Escrituras, «impulsan­do» y «guiando» a los escritores a la verdad, y dando el «aliento divino» a los escritos. 2) Su in­térprete (1 Co. 2:10; 1 Jn. 2:20, 27, etc.). La inter­pretación de las Escrituras por medio del Espíri­tu Santo, sin embargo, no implica la oposición a la gramática ni al contexto. Tampoco se puede prescindir de los doctores, ya que éstos son dones concedidos por Cristo a la Iglesia e instrumentos para la enseñanza bíblica en manos del Espíritu Santo (Ef. 4:11 y 12; 1 Co. 12:28).

E. En relación con la persona de Cristo. El Se­ñor Jesús fue engendrado en el seno de la biena­venturada Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo (Le. 1:35), y fue «ungido» con el Es­píritu Santo para Su ministerio terrenal (Hch. 10:38). Como ya hemos notado arriba, el Espíritu Santo es también el Espíritu de Cristo, y todas las cosas pertenecientes al Señor Jesús son admi­nistradas y reveladas al creyente por el Espíritu Santo (Jn. 15:26; 16:14; Hch. 1:2; Fil. 1:19).

F. En relación con la obra de la Cruz. El autor de la Epístola a los Hebreos declara que Cristo, por el Espíritu eterno, se ofreció voluntariamente sin mácula a Dios (He. 9:14).

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G. En relación con la resurrección de Cristo. Este prodigio de los siglos fue por el poder del Espíritu Santo, según hallamos, entre otros tex­tos, en Romanos 8:11: «El Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús...».

H. En relación con la Iglesia. En cumplimien­to de la promesa del Padre y del Hijo (Mr. 1:8; Le. 24:49; Jn. 14:16 y 26; Hch. 1:4 y 8; 2:33; Ef. 1:13), el Espíritu Santo vino sobre los discípulos, formando la Iglesia en el día de Pentecostés (Hch. 2) y seguirá en ella hasta llevarla al encuentro del Esposo (véase la hermosa ilustración en Gn. 24). El Espíritu Santo habita en la Iglesia como en un templo (Ef. 2:22), y aparece como un articuíador de una unidad viviente, de la cual él es el alma: «Un cuerpo y un Espíritu» (Ef. 4:4); por el Espíri­tu Santo las almas renacidas son bautizadas en un solo cuerpo místico (la Iglesia), según expre­sión del apóstol Pablo: «Porque por un solo Espí­ritu fuimos todos bautizados en un cuerpo» (1 Co, 12:13).

I. En relación con la iglesia local. El origen y ejercicio de los dones espirituales en la iglesia se deben al Espíritu Santo, quien reparte a cada miembro cristiano como él quiere. En 1 .a Corintios 12:1-11 aparecen las palabras pneumática («cosas del Espíritu») y carisniata («dones de gracia»). La iglesia local es también templo del Espíritu San­to (1 Co. 3:16 y 17).

J. En relación con los siervos de Dios. La perso­na del Espíritu Santo es la que guía a los obreros del Señor, tanto a los apóstoles como a los evan­gelistas, a los misioneros, a los ancianos (presbí­teros, sobreveedores) y a los doctores de la Pala­bra, indicándoles el contacto con las almas (Hch. 8:29), enviándoles a los lugares donde deben predicar la Palabra (Hch. 10:19 y 20), escogiendo a los siervos que han de cumplir el trabajo para el cual son llamados (Hch. 13:1 y 2), sellando los acuerdos de los responsables de las iglesias (Hch. 15:28), y abriendo y cerrando caminos (Hch. 16:6 y 7.

K. En relación con el mundo. Cuando el Señor Jesús prometió el Espíritu Santo a los apóstoles, dijo también que uno de los cometidos del Espíri­tu sería el de convencer de pecado a los hombres (Jn. 16:7-11), siendo el único que puede traer al nombre el verdadero sentido de la justicia y del juicio. La voluntad del hombre ha de cooperar con el urgir del Espíritu Santo, pero aquél no po­dría hacer nada sin la obra de gracia de Éste.

L. En relación con él individuo. Si la convic­ción del pecado es seguida por el arrepentimiento para con Dios y la fe en Cristo de parte del hom­bre, el Espíritu Santo produce la regeneración de la vida «de arriba». El orden, según las Escritu­ras, es como sigue: Cuando, por medio de la pre­dicación de la Palabra, se presenta ante los hom­bres al Cristo crucificado como el único remedio para la condición pecaminosa de las almas, y le aceptan como Salvador personal, entonces el Es­píritu Santo aplica la virtud de la sangre de Cris­to a sus corazones, purificándolos; vivifica la se­milla de la Palabra, y hace su morada en el cre­yente (Gá. 3:1 y 2; Tit. 3:5; He. 10:29).

 

VI.   El Espíritu Santo y el creyente

 

A. El Espíritu Santo y la santificación. El Espí­ritu Santo habita en los creyentes a partir del momento de su conversión (Hch. 2:38; Ro. 8:11; Co. 6:19 y 20; Gá. 4:6; 2 Ti. 1:14); y «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Ro. 8:9). Pero si bien es verdad que en cada creyente rege­nerado mora el Espíritu Santo y que ya está bau­tizado en Cristo por el Espíritu Santo, también es cierto que las Escrituras distinguen entre poseer el Espíritu y estar llenos del Espíritu. Esto puede verse en la Epístola a los Efesios, por ejemplo, en cuyo versículo 4:30 Pablo recuerda al creyente que está sellado con el Espíritu, mientras que en Efesios 5:18 le exhorta a que sea lleno del Espí­ritu.

La Escritura presenta a Cristo como quien mu­rió al pecado una sola vez, pero que vive para Dios eternamente. El creyente se apropia por la fe de la gran verdad de su identificación con Cris­to en Su muerte y en Su resurrección; el Espíritu Santo le administra las cosas del Señor Jesús y le impele por el camino de la santificación (Ro. 1:4; cap. 8; 1 Co. 6:11; 2 Co. 3:18; 1 P. 1:2).

B. El Espíritu Santo y la oración. El creyente muchas veces no sabe lo que ha de pedir al Padre ni cómo pedirlo, pero el Espíritu Santo cumple su cometido intercediendo a favor del cristiano (Ro. 8:26 y 27). Jesús es nuestro intercesor a la diestra del Padre, y el Espíritu lo es desde nues­tro corazón; por eso se nos manda orar «en Espí­ritu» (Ef. 2:18; 6:18; Jud. 20).

 

VII.   Los símbolos del Espíritu Santo

 

Hay una variedad de símbolos del Espíritu Santo en la Biblia. En el bautismo del Señor fue visto por Él y por Juan Bautista «que descendía como paloma» (Mt. 3.16). En el día de Pentecostés vino como fuego sobre los discípulos (Hch. 2:3). El Señor le compara al viento, en Su conver­sación con Nicodemo (Jn. 3:8), y como agua en Juan 7:37-39. Otras figuras en el Nuevo Testa­mento son el sello y las arras de la herencia (Ef. 1:13 y 14; 4:30): la marca indubitable del verda­dero creyente y la prenda anticipada de su reden­ción completa en el día de la consumación.

Aparte de los símbolos que se relacionan expre­samente al Espíritu Santo en las Escrituras, cree­mos que, por analogías y consideraciones que no podemos justificar dentro de los breves límites de este estudio, hemos de aceptar ¡os siguientes como figuras de su Persona y operaciones: el ro­cío (Os. 14:5); las lluvias de Joel 2:23 y 28; los ríos de Isaías 44:3; el aceite de Levítico 8:30; Zacarías 4:1-14 (cp. 2 Co. 1:21; 1 Jn. 2:20 y 27).

 

VIII.   El Espíritu Santo y la resurrección del creyente

 

El cuerpo de resurrección del creyente es soma pneumatikon, que equivale a «cuerpo espiritual», que parece una contradicción, pero demuestra que toda limitación de la carne se habrá supera­do, siendo el cuerpo el perfecto y apropiado vehí­culo del espíritu redimido (1 Co. 15:42-51). Para la vivificación del cuerpo mortal, intervendrá la operación del Espíritu Santo (Ro. 8:11).

En la íntima armonía de la Trinidad y hasta el punto en que misterios tan inefables han sido re­velados, el Padre, como fuente de amor, ejerce Su voluntad en el plan de salvación; el Hijo, impul­sado por la gracia divina, lleva a cabo la obra de la redención por medio de Su gran misión a la tierra, y el Espíritu Santo aplica todo el valor de la obra de la Cruz en potencia y eficacia a los co­razones de los creyentes, todos los cuales pueden participar siempre de la bendita «comunión del Espíritu Santo» (2 Co. 13:14).

 

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Capítulo 16

LA OBRA MEDIANERA DE CRISTO

 

I.   Explicación

 

Las Escrituras nos enseñan claramente que la obra de nuestro Señor no terminó con Su ascen­sión al Cielo, sino que prosigue a favor de los suyos a la diestra de Dios. Nos maravilla pensar que, «ensalzado a lo sumo», nuestro bendito Re­dentor se ha puesto a la disposición de Su pueblo hasta el día de la consumación de Sus propósitos en orden a los redimidos. Su obra allí es de pre­paración y de mediación. Podemos señalar de paso la hermosa declaración del Señor: «Yo voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Jn. 14:1 y 2). Su presencia en el Cielo garantiza para noso­tros un ambiente y un servicio perfectamente amoldados a las necesidades de nuestras perso­nalidades redimidas. Refiriéndonos a lo que es propiamente la obra medianera, habremos de es­tudiar este tema bajo ios siguientes epígrafes: Cristo como mediador, Cristo como abogado; Cris­to como sumo sacerdote, y El fin de la obra.

II.   Cristo como mediador

 

A. La necesidad de un mediador. El patriarca Job, sintiéndose tan alejado de Dios en su necesidad y en su aflicción, gemía diciendo: «[Dios] no es hombre como yo, para que yo le responda, y vengamos juntamente a juicio. No hay entre no­sotros arbitro que ponga su mano sobre nosotros dos» (Job 9:32 y 33). El pecado había labrado un abismo entre el Dios tres veces santo y el hombre rebelde y enemigo que se revolcaba en el fango del pecado (Job 23:3; Ro. 5:10; Co. 1:21). ¿Quién podía ponerse en medio para restaurar el contac­to y la comunión?

B. La solución divina. La respuesta al proble­ma de Job, que es el problema de todo pecador, se halla en la encarnación del Hijo de Dios (He. 2:9-18), en Su obra expiatoria y en Su estancia como Redentor a la diestra del Padre. Ahora ya hay una «mano» sobre el hombre y otra sobre el Trono. No existe solamente un Dios en Su excelsa gloria y en la perfección de Su justicia y de Su santidad, sino que también hay «un mediador en­tre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre» (1 Ti. 2:5).

C. La obra del mediador. El apóstol Pablo, des­pués de declarar la existencia de un mediador, añade las siguientes palabras: «El cual se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Ti. 2:6). Con Su muerte en la Cruz, Cristo consiguió la liberación del hombre y las bendiciones que por su caída y rebelión había perdido. Él es el camino que lleva a los hombres a Dios, y el puente que se ha colo­cado sobre el abismo (en contraste con el puente que Satanás puso desde este mundo al infierno), y nadie llega a Dios Padre si no es por Jesucristo (Jn., 14:6 con Hch. 4:12). El apóstol Pedro escribe de Él: «Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevamos a Dios» (1 P. 3:18).

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D. El pacto. Cristo es mediador de un pacto de gracia que anula el pacto de las obras de la Ley. Este se llevó a cabo por la intervención de «me­diadores»: los ángeles por parte de Dios (Dt. 33:2, Versión Moderna; Hch. 7:38 y 53; He. 2:2) y Moi­sés de parte de los hombres (Gá. 3:19 y 20). Ni Moisés, por no ser divino, podía representar a Dios, ni los ángeles al hombre, ya que ellos no eran humanos. Sin embargo, Cristo, quien es to­talmente Dios y que mediante el misterio de la encarnación vino a ser perfectamente Hombre, pudo mediar entre Dios y los hombres para el es­tablecimiento del pacto de gracia, que es «nue­vo» y «mejor» (He. 7:22; 8:6; 9:15; 12:24).

 

 

III.   Cristo como abogado

 

El concepto general de la obra mediadora de Cristo se detalla y se aclara más en Sos escritos de Juan y en la Epístola a los Hebreos. Juan le da el precioso título de parakletos, o sea, «abogado», que es el mismo término que aplica al Espíritu Santo al poner por escrito el discurso del cenácu­lo. La palabra griega parakletos indica: «Uno que llamamos a nuestro lado para auxiliarnos», y este término se aplicaba a la labor de un abogado defensor. Ya hemos visto la manera en que el Es­píritu Santo cumple este cometido dentro del creyente, y Juan nos hace ver que el Señor es también un «abogado» a quien llamamos en au­xilio nuestro en el Cielo: «Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesu­cristo el justo» (1 Jn. 2:1). Es importante exami­nar el contexto de este versículo (1 Jn. 1:1; 2:2), pues vemos que el apóstol tiene por tema la co­munión con el Padre y con el Hijo, y la forma en que ésta puede mantenerse a pesar de la naturaleza pecaminosa del hombre y las caídas del cre­yente en el pecado. Para «andar en luz» hemos de reconocer nuestra condición humana; hemos de comprender el valor de la sangre expiatoria del Señor Jesucristo, cuyos efectos pueden aplicarse constantemente a nuestra necesidad, y hemos de contemplar al parakletos a la diestra de Dios, quien acude a nuestro favor con la demostración de la obra perfecta del Calvario.

 

IV.   Cristo como sumo sacerdote

 

Propiamente dicho esta obra empieza después de Su ascensión, que no excluye el hecho de que era al mismo tiempo sacerdote y víctima cuando se ofreció a sí mismo en la Cruz. El tema de este epígrafe es el de la Epístola a los Hebreos, escrita para hacer ver a un grupo de creyentes hebreos que no habían de volver a las ceremonias del judaísmo, ya que en Cristo y en la nueva dispensa­ción tenían el cumplimiento de todas las sombras del Antiguo Testamento en un grado superlativo. «Todo sumo sacerdote tomado de entre los nom­bres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere» (He. 5:1).

El ministerio de Aarón a favor de los hombres fue fácil, porque él era un nombre «rodeado de flaquezas», así que podía compadecerse de los ig­norantes y extraviados. Ahora bien, su contacto con Dios fue dificilísimo a causa del pecado, como se puede deducir del complicado ritual del Día de las Expiaciones. En el caso de Cristo, quien es el cumplimiento de la figura, el contacto con Dios era siempre perfecto, pero el contacto con los hombres, que hiciera posible su compa­sión hacia ellos y que les pudiera representar ante Dios, fue dificilísimo, y sólo pudo efectuarse mediante los grandes misterios de: 1) la encama­ción, por la que tomó sobre sí nuestra humani­dad (He. 2:14); 2) las tentaciones que se dignó pa­decer (He. 2:18; 4:15), por las que experimentó como hombre todo el poder del diablo aunque «sin pecado», y 3) los sufrimientos, por los que «aprendió la obediencia» y llegó a poder aden­trarse en todas las experiencias de Su pueblo: «porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas sub­sisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos» (He. 2:10). «Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reveren­te. Y aunque era Hijo, por lo que padeció apren­dió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen» (He. 5:7-9). Esto no tiene nada que ver con Su naturaleza esencial, que siempre fue perfecta, sino que se refiere a Su obra sacerdotal, que sólo se hizo posible por la maravillosa disciplina que hemos señalado y a la que voluntariamente se sujetó. Su sacerdocio es potente y etenio, y por eso el simbolismo incluye no solamente a Aarón, sino también a Melquise-dec el sacerdote-rey (He. 5 y 7). La obra sacerdotal de Cristo comprende:

A. La simpatía (He. 4:15).

B. El oportuno socorro (He. 4:14-16).

C. La intercesión (Ro. 8:34; He. 7:25).

El conjunto de esta obra garantiza el desarrollo de los propósitos de Dios en orden al creyente, y provee para la consumación de Su obra en cada uno de ellos. Desde la diestra, Cristo suministra la ayuda necesaria para la continuidad de la co­munión (como hemos visto en Juan) y conduce al creyente por el camino de la madurez espiritual en que tanto insistía el autor de la Epístola a los Hebreos. «Puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.» Tenemos un ejemplo claro de la intercesión del Señor Jesús a favor de Su pueblo en Juan.

 

V.   El fin de la obra

 

El importante pasaje de 1.a Corintios 15:23-28 nos hace ver que la obra de la redención y la res­tauración de los hombres, conjuntamente con la derrota de las fuerzas del mal, se ha encomenda­do al Hijo, quien ha de reinar hasta poner a todos Sus enemigos debajo de Sus pies. Cumplida la grandiosa y sublime misión, el Hijo pondrá «todas las cosas» a los pies de Dios Padre, quien será «todo en todos», sin que haya ningún ele­mento discorde en Su universo. Entonces la obra medianera habrá tocado a su fin. En lo que se re­fiere a la Iglesia, el fin de la obra tendrá lugar en «las bodas del Cordero», cuando Cristo se pre­sentará a sí mismo la «Esposa», gloriosa y sin mancha ni arruga, gracias a Su propia obra de santificación a favor de ella (Ap. 19:7 y 8; Ef. 2:7; 5:25-27).

 

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Capítulo 17

LA SANTIFICACIÓN

 

I.   Definición

 

Leemos muchas veces en el Antiguo Testamen­to de personas o cosas que fueron «santificadas», o sea: «apartadas para el servicio de Dios», como, por ejemplo, los sacerdotes de la familia de Aarón con todos los utensilios del Tabernáculo. Pa­sando al Nuevo Testamento, encontramos el ver­bo hagiazo (santifico) con idéntico sentido en cuanto al oro que adornaba el Templo, y ios dones que se colocaban sobre el altar (Mt. 23:17 y 19). A nosotros nos interesa el tema de la san­tificación del creyente, y, en relación con él, he­mos de distinguir cuidadosamente dos aspectos:

A. La santificación que es común a todos los creyentes en virtud de su unión con Cristo, de donde se deriva su nombre de «santos» (véase Hch. 9:13 y 32; 26:10; Ro. 1:7; Fil. 1:1).

B. La santificación práctica, que es la separa­ción progresiva del creyente del pecado para vi­vir a Dios, en la medida en que aquél se vale de los medios que Dios ha provisto para tal fin.

 

II.   La santificación posicional del creyente

 

A. Es un propósito divino. El apartamiento de los creyentes para Dios «en Cristo» es una parte esencial del gran plan divino: «En esta voluntad somos santificados mediante ía ofrenda del cuer­po de Jesucristo hecha una vez para siempre» (He. 10:10 con 13:12; Jn. 10:36; 17:19; 1 Co. 1:30; 6:11; 2 Ts. 2:13; 1 P. 1:2).

B. Su base es la Cruz y la resurrección. El pa­saje central sobre la santificación se halla en Ro­manos 6 a 8. Ante la pregunta tendenciosa de «¿Perseveraremos en ei pecado para que la gracia abunde?», el apóstol Pablo contesta: «En ningu­na manera, porque los que hemos muerto al pe­cado [en Cristo], ¿cómo viviremos aún en él?». Apela luego a la figura del bautismo cristiano (por inmersión, desde luego, según su significado etimológico y de acuerdo con la práctica apostó­lica) para demostrar que todos los creyentes a quienes se dirigía, en el acto inicial de su profe­sión cristiana, habían expresado su identificación con la muerte y ía resurrección de Cristo, y, por consiguiente, su separación del pecado para vivir para Dios. La misma verdad se enseña en Colósenses 2:11-13; 3:1-4.

 

III.   La santificación práctica del creyente

 

Nuestra santificación práctica es también la voluntad de Dios (1 Ts. 4:3 y 4), quien quiere que «seamos lo que somos». El apóstol Pedro recuer­da a los creyentes lo que está escrito en la Pala­bra de Dios: «Sed santos, porque yo soy santo» (1 P. 1:15 y 16; véase Ef. 4:24; 1 Ts. 5:23).

A. Esta santificación práctica se efectúa por la apropiación por la fe de lo que Dios ya ha rea­lizado en Cristo mediante la Cruz y la resurrección. Un versículo muy importante, a este respec­to, se halla en Romanos 6:11: «Consideraos muer­tos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Je­sús, Señor nuestro». El hecho depende de la obra de Cristo, pero nosotros hemos de «tomar en cuenta» («considerar») este hecho cuando surgen las solicitaciones de nuestra carne al mal, dicien­do para nosotros mismos: «Estoy muerto a aque­llo que reconozco como cosa del viejo hombre; por lo tanto, he de escoger el camino de la volun­tad de Dios en el poder de la vida de resurrec­ción.»

B. El poder para la santificación práctica se halla en la persona del Espíritu Santo, quien nos libra de la «ley del pecado y de la muerte» (véase Ro. 8:2; Gá. 5:22-25; Ef. 3:14-21). El creyente «carnal» es aquel que no ha sabido contemplar la perfección de la obra de la Cruz y de la resurrec­ción relacionada con la victoria sobre el pecado, y, por lo tanto, no ha apropiado por la fe su po­sición como muerto para el pecado y vivo para Dios. El Espíritu Santo, entristecido, no puede efectuar toda su obra en el tal creyente, quien anda conforme a la carne y no conforme al Espí­ritu.

C. Los medios para seguir la santificación prác­tica. Además de los que anteceden, podemos no­tar los siguientes:

 

  1. La contemplación de la gloria del Señor en el poder del Espíritu Santo (2 Co. 3:18).
  2. La Palabra de verdad. En Su oración intercesora, dijo el Señor Jesús: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es la verdad» (Jn. 17:17). (Véase Sal. 119:9-11.)
  3. La separación práctica del mundo (2 Co. 6:14-18; 2 Ti. 2:19-21; 1 Jn. 2:15-17).
  4. La diligencia por parte del creyente (2 Co. 7:1; 2 P. 1:1-10).
  5. La oración en el Espíritu Santo (Jud. 20).

 

IV.   La santificación en los escritos del apóstol Juan

 

Pablo deduce la doctrina de la santificación del hecho de nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección, mientras que el apóstol Juan se fija en la nueva naturaleza del hijo de Dios que ha sido «engendrada» en el creyente por el Padre mediante la vivificación de la semilla de la Palabra por el Espíritu Santo. Esta nueva na­turaleza, por ser de Dios, «no peca». Nuestra dig­nidad de «hijos» exige la justicia práctica y el amor hacia ios hermanos (1 Jn. 3:6-9; 2:29; 4:7; 5:4 y 18).

 

V.   La meta de la santificación: el tribunal de Cristo

 

El Nuevo Testamento nos revela que todos los creyentes tendremos que dar cuenta de los actos de nuestra vida como cristianos delante del tri­bunal de Cristo «en aquel día». En virtud, pues, de esta verdad solemne, el apóstol Pablo exhorta a los creyentes a «que sean confirmados sus cora­zones, de modo que sean irreprensibles en santi­dad...» (1 Ts. 3:13). (Véase Fil. 1:6-10; 2 Co. 5:10; 1 Ts. 5:23; 1 Jn. 4:16 y 17.) La cita de 2.a Corintios 5:10 debe leerse: «Es menester que todos noso­tros seamos manifiestos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiera hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno o malo.» Todo disfraz se quitará, y el fingimiento será imposible en «aquel día», ya que estaremos bajo el ojo escrutador del Maestro de nuestro ser­vicio. El santo temor que engendra este pensa­miento es, en sí, un poderoso aliciente hacia la vida de santidad práctica, como lo es también la promesa de la venida del Señor, pues «todo aquel que tiene esta esperanza en Él [la de ver al Señor y ser semejante a Él] se purifica a sí mismo, así como Él es puro» (1 Jn. 3:3).

 

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Capítulo 18

LA CARNE Y EL ESPÍRITU

 

I.   Aclaración de términos

 

Hay muchos lugares en el Nuevo Testamento donde hallamos en contraposición unos princi­pios opuestos, enfrentándose algo que es del hombre, o del régimen preparatorio del Antiguo Testamento, con lo que es de Dios, como, por ejemplo: La Ley y la gracia; las obras y la fe; la carne y el Espíritu. En este estudio hemos de fi­jarnos en esta última antítesis, procurando ver lo que indican las Escrituras por el término «carne» y cómo opera el Espíritu para desbaratar su ne­fasta obra.

 

Los distintos significados de la palabra «carne»

 

A. Desde luego la palabra se emplea muchas veces en su sentido literal para indicar la sustan­cia del cuerpo del hombre y de los animales. Como tal no tiene significado moral, sino que es sola­mente una parte de la creación que se puede em­plear para bien o para mal (1 Co. 7:28; 15:39; Gá. 2:20; 4:13 y 14; Col. 2:5, etc.).

B. Significa también el «hombre» o la «hu­manidad». En la sublime declaración de Juan 1:14: «El Verbo fue hecho carne», se entiende que esta naturaleza humana era sin pecado, perfecta e ideal, tal como salió de las manos del Creador. (Véase también 1 Ti. 3:16.)

C. En otros casos representa la humanidad en contraste con Dios, siendo ilusoria su aparente fuerza, de modo que es desastroso confiar en «el hombre». Este sentido se destaca bien en las citas siguientes: «Toda carne es hierba, y toda su glo­ria como flor del campo» (Is. 40:6); «maldito el varón que confía en el hombre y pone carne por su brazo» (Jer. 17:5); y «porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cie­los» (Mt. 16:17; véase Fil. 3:3 y 4; véase también Ro. 3:20 y Gá. 2:16 donde «ser humano» traduce «carne» —sarx— en el original).

D. Como derivación natural del último párra­fo, hallamos otro significado que se reviste de mucha importancia en la teología bíblica: la «carne» es todo cuanto proviene de la naturaleza caída del hombre, y, como tal, se pone en contras­te con el Espíritu, por quien Dios da su propia vida y poder al hombre que se arrepiente y se vuelve a Él.

 

II.   Enseñanzas bíblicas sobre la «carne»

 

Restringiéndonos ahora a este último sentido de la palabra, hemos de considerar lo que dicen las Escrituras de ella, y de la posible victoria del creyente sobre la «carne» en el poder del Espí­ritu.

A. La carne es incapaz de producir nada que no sea también «carne», de la manera en que los cardos no pueden dar una cosecha de higos. Es imposible, pues, que una nueva naturaleza espiri­tual surja del intento de «refinar» la carne, sino tan sólo del nuevo nacimiento en el poder del Es­píritu de Dios (Jn. 3:6-8).

B. Por haberse originado esta esfera de la car­ne en la desobediencia y en el pecado del hombre (Gn. 6:3), toda ella está debajo de la condenación de Dios y nadie que está en ella puede agradar a Dios (Ro. 8:7 y 8). Tengamos en cuenta, sin em­bargo, que mucho de la carne es agradable al «hombre», y aun al hombre «decente», educado y culto. Tomemos por ejemplo un acto de «culto» que se basa en las prácticas que agrandan a los sentidos de los hombres o que halagan su «justi­cia propia»; todo será muy «bonito» y muy «bue­no», pero no dejará de ser abominación delante de Dios (Le. 16:15).

C. La carne no se mejora después de la con­versión, y queda siendo tan fea e intratable des­pués de cincuenta años de vida cristiana como lo fue en un principio (Ro. 7:18). Lo único que Dios puede hacer con la carne es colocarla en el lugar de la muerte, y esto se realizó cuando Cristo, nuestro sustituto, se identificó con nosotros y murió en nuestro lugar (Ro. 8:3).

D. El «viejo hombre» no desaparece en el mo­mento de la conversión, ni en ningún momento de bendición espiritual posterior, pero Dios ha provisto los medios para que esté en sujeción y para que el creyente viva y ande, no conforme a la carne, sino conforme al espíritu (1 Jn. 1:5 — 2:2; Ro. 8:4, 5, 12 y 13).

E. Las obras de la carne, que se detallan en la terrible lista de Calatas 5:19-21, incluyen, no so­lamente los pecados escandalosos de la fornicación, la disolución, etcétera, sino también los ce­los, iras, contiendas y disensiones que se mani­fiestan con harta frecuencia en el seno de la fami­lia de Dios (1 Co. 3:1-4). Sepamos que todo ello surge de la carne y que es aborrecible delante de Dios.

F. La carne y el Espíritu son principios antagó­nicos enteramente incompatibles el uno con el otro, codiciando y luchando constantemente el uno contra el otro (Gá. 5:17). Este estado de gue­rra perpetua resulta lógicamente de la definición de la «carne» que dimos en el apartado D.

 

III.   La victoria sobre la «carne»

 

Esta victoria, que ya hemos visto como provis­ta y asegurada por el poder de Dios, no se consi­gue por maltratar el cuerpo, que, en el caso de los redimidos, es el templo del Espíritu Santo, ni tampoco por ningún esfuerzo de la voluntad del hombre, sino por apropiarse de lo que Dios ha hecho ya en Cristo, que se hace efectivo en el pre­cioso don de su Espíritu. Notemos los pasos si­guientes:

A. Como el creyente expresa en su bautismo, murió con Cristo al creer en Él en cuanto a la vie­ja naturaleza y volvió a vivir en la potencia de la resurrección del Señor (Ro. 6:1-10).

B. Debe «considerar» (Ro. 6:11) este gran he­cho en su vida diaria al percibir los embates de la carne, rindiendo su voluntad a la de Dios, con la entrega consciente de todo su ser, y de esta forma el pecado no se enseñoreará sobre él (Ro. 6:11-14).

C. Se hace posible entonces que ei Espíritu le guíe de tal forma que se realizarán en su vida todas las posibilidades de su nuevo y glorioso es­tado de «hijo adoptivo de Dios», quien reconoce al Padre y pone todo su interés en los asuntos de su Casa (Ro. 8:5, 14-16; Gá. 5:16-18, 22-25).

Nota final. Lo expuesto en los apartados ante­riores no excusa la diligencia de parte del creyen­te en todo cuanto atañe a la vida y al servicio de quien le compró con Su sangre, sino que subraya la necesidad de recibir con fe la obra ya hecha del Señor. Entonces el esfuerzo constante proce­derá del poder del Espíritu y no de la voluntad de la carne (2 P. 1:4-8; Ef. 2:10, etc.).

 

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Capítulo 19

LA IGLESIA UNIVERSAL

 

I.    Definición

 

La palabra griega ekklesia quiere decir «llama­do fuera», y la aplicaban los griegos a cualquier asamblea para discusiones, como la de Efeso (Hch. 19:39). En la versión alejandrina del Anti­guo Testamento denotaba la congregación de Is­rael corno un pueblo «llamado fuera» de Egipto para servir a Dios (véase Hch. 7:38, donde se tra­duce en Reina-Valera por «congregación»). Des­pués del gran anuncio del Señor que considera­mos abajo («Edificaré mi iglesia»), adquirió un sentido especial, denominando este término al nuevo pueblo espiritual, redimido por la sangre de Cristo, que había de formarse como resultado de la obra de la Cruz, el triunfo de la resurrección y la venida del Espíritu Santo. La Iglesia no es una organización, obra de la habilidad y de la pe­ricia de los hombres, sino un organismo, o sea: un «Cuerpo espiritual, en el que todos los creyen­tes en Cristo Jesús están unidos vitalmente los unos con los otros y todos con su «Cabeza», que es Cristo (Ef. 1:22).

 

II.    El anuncio del Señor

 

Después de la «confesión» de Pedro acerca del Señor: «Tú eres el Cristo [el Mesías] el Hijo del Dios viviente» (que es la base de toda la obra di­vina a favor del hombre), fue posible que el Señor anunciara Su gran propósito de edificar Su Igle­sia: no sobre Pedro, aún tan débil y fluctuante, pero compuesta de Pedro y de todas las demás «piedras» que llegasen a poner su confianza en el único Salvador (Mt. 16:16-18; Hch. 4:10-12; Ef. 2:20; 1 P. 2:4-10).

Los santos del Antiguo Testamento tendrán su lugar en el Reino de Dios, y, desde luego, se sal­varon anticipadamente por la obra de la Cruz; pero ya que el Señor anuncia Su propósito como aún futuro, «edificaré», hemos de comprender que el principio de la Iglesia, en el sentido pleno de la palabra, tuvo lugar en el día de Pentecostés (Hch. 2).

 

III.   La Iglesia en los Evangelios

 

Como ya se ha indicado, la plenitud de la ver­dad en cuanto a esta nueva y gloriosa obra de Dios, no pudo revelarse plenamente hasta des­pués de la realización de la obra de la Cruz, pero, con todo, se hallan indicios de lo que había de ser en las palabras del mismo Señor, que adquirie­ron nuevo sentido después de Su resurrección de entre los muertos.

A. Es un santuario (Jn. 2:18-21). El místico «templo» o «santuario» que se había de levantar en tres días era, en primer término, el cuerpo de resurrección del Señor; pero, en vista de las reve­laciones posteriores que fueron dadas a Pablo, podemos comprender que la frase encerraba un doble sentido, y que el «templo» de Su «Cuerpo» se refiere también a Su «Cuerpo místico», o sea, el conjunto de todos los fieles en Cristo, donde la gloria del Señor había de manifestarse en la nueva dispensación, de la forma en que se había manifes­tado anteriormente en el templo de Salomón.

B.   Es un rábano (Jn. 10:16). El versículo citado hace referencia a otras ovejas que el Buen Pastor había de tener en virtud de Su muerte, que no per­tenecían al «redil» de Israel, y que, juntamente con los redimidos de este pueblo, habían de formar un «rebaño» que oiría la voz de un solo Pastor. Nó­tese la diferencia entre un «redil», que encierra las ovejas mediante un cerco, y un «rebaño», que es un conjunto de ovejas que sigue al Pastor. No estamos sujetos por la fuerza de la Ley, sino que seguimos al Señor por el amor que le tenemos. Esta dulce palabra «rebaño» sugiere los concep­tos de protección, guía, cuidado y buenos pastos, que se reciben todos de la mano-del Pastor.

C.   Es una vida (Jn. 15:1-8). «Yo soy la vid ver­dadera... Yo soy la vid y vosotros los pámpanos», dijo el Señor a los discípulos en la víspera de la Pasión. En el Antiguo. Testamento, Israel había sido la vid y la viña, pero no produjo sino uvas silvestres (Is. 5:1-7). Ahora el Señor se manifiesta, y Él llevará abundantemente el fruto que Dios re­quiere. Pero, en Su gracia y Su amor, asocia con­sigo a los «sarmientos», para que juntamente sean la  «vid verdadera» que lleva fruto para Dios. Vemos la misma unión orgánica de todas las partes de un todo que se aprecia en el «cuerpo».

 

IV.   El día del nacimiento de la Iglesia

 

El nuevo organismo pertenece a la nueva crea­ción, y no pudo producirse sino después de la muerte y de la resurrección del Señor, quien quitó el pecado y consumó la muerte en Su bendita persona. El Espíritu Santo, al descender confor­me a la promesa del Padre y del Hijo, llenó los rendidos corazones de los redimidos y los unió en un solo lazo vital de vida y de poder (Ef. 4:4). Fue una obra única que no necesita repetirse. Des­pués de aquel día, el creyente, sin distinción de raza o de categoría social, es bautizado en un 50/0 cuerpo por el Espíritu al creer (1 Co. 12:13).

 

V.    La Iglesia en Los Hechos de Los Apóstoles

 

En un sentido muy real, este libro es la historia del nacimiento y del desarrollo de la Iglesia en sus primeras etapas. Por algún tiempo la iglesia local de Jerusalén coincidía, a los efectos prácti­cos, con la Iglesia universal, pero después de la persecución dirigida por Saulo empezó a exten­derse para llegar a ser, después de haberse abier­to la puerta de la fe a los gentiles (Hch. 10), una Iglesia compuesta de los salvos de todo pueblo, tribu y nación. Vemos bastante de la organiza­ción de la iglesia local (sencillísima por cierto), pero sobre todo Lucas nos hace ver a la Iglesia toda como portavoz del Evangelio: la Iglesia que dio su testimonio ante un mundo perverso con la eficiencia y el poder que suministraba el Espíritu Santo, quien se manifestaba pujante en medio del pueblo redimido.

 

VI.    La Iglesia en la Epístola a los Efesios

 

La doctrina total sobre la Iglesia universal ha de buscarse en todas las epístolas y en el Apoca­lipsis, pero el «misterio» de este nuevo «Cuerpo» formado, sobre la base de la obra de la Cruz, por creyentes de entre los judíos y de los gentiles, se reveló de una forma especial al apóstol Pablo, el que fue llamado por el Señor resucitado y glori­ficado (Ef. 3:1-9). Entre todos sus escritos, es en la Epístola a los Efesios donde se desarrolla ple­namente el tema de la Iglesia universal, de la ma­nera en que lo referente a la iglesia local se halla principalmente en la Primera Epístola a los Co­rintios.

A.    La Iglesia nace de un propósito eterno de Dios (Ef. 1:1-11; 3:10 y 11). Una cuidadosa lectu­ra de los pasajes señalados nos hace ver que los creyentes fueron escogidos por Dios el Padre en relación con Cristo antes de la fundación del mundo, y que esta elección tiene que ver con el propósito de Dios de «reunir todas las cosas en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos». Comparando las maravillosas palabras de Efesios 2:7 y 3:10 con el prólogo de la epístola, se echa de ver que la Iglesia tiene un lugar pree­minente y especial en el plan total de Dios en or­den a los hombres. Esto se ilustra en Apocalipsis 21, donde una simbólica representación de la Iglesia glorificada ocupa el centro de la nueva creación.

B.    La constitución y la formación de la Iglesia (Ef. 2:4-22). La Iglesia está formada por todos los creyentes, ya que éstos han sido redimidos de una vida de sujeción al «príncipe de la potestad del aire» por la misericordia, el amor y la gracia de Dios manifestados en Cristo. En unión con el Señor resucitado, han sido elevados a una nueva esfera espiritual: «los lugares celestiales». Con Su muerte, el Señor cumplió la Ley y realizó los sím­bolos del régimen preparatorio, de tal forma que tanto los judíos como los gentiles hallan una nue­va vida en Él, quien íes une en un Cuerpo, siendo así «reconciliados» y libres de las enemistades anteriores. Esta constitución de la Iglesia se ilus­tra por medio de los símbolos que se detallan más abajo.

C. La revelación del «misterio» (Ef. 3:1-12). Como hemos notado arriba, la revelación del «misterio» (es decir, una verdad que antes se ig­noraba y que ahora se ha manifestado) de la unión de los creyentes judíos y gentiles en un solo Cuerpo espiritual, pertenece plenamente a la nue­va dispensación, ya que Pablo declara: «Misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas [del Nuevo Tes­tamento] por el Espíritu» (Ef. 3:5). Pablo se des­taca entre estos instrumentos de la «revelación» (Ef. 3:7-9) como fiel administrador de los miste­rios de Dios y como convenía a su vocación por el Señor resucitado; pero la doctrina es presentada por los apóstoles.

 

VII.   Los símbolos de la Iglesia en la Epístola a los Efesios

 

La verdad en cuanto a la Iglesia se presenta y se ilustra por medio de cuatro metáforas, que de­sarrollan y definen más ampliamente las figuras que ya hemos notado en los Evangelios. Estas metáforas son: el edificio, el santuario, el cuerpo y la esposa.

A. El edificio (Ef. 2:19-22). En el pasaje de re­ferencia, el apóstol acaba de declarar que todos los creyentes, sean judíos o gentiles, tienen entrada al Padre por el Hijo y en el poder del Espíritu para formar «un nuevo hogar». Entonces la me­táfora sufre una modificación, y el «hogar» llega a ser un «edificio», del que los apóstoles y los profetas (del Nuevo Testamento) son las piedras del cimiento, hallando todo su apoyo en la «prin­cipal piedra del ángulo, Jesucristo mismo» (Ef. 2:20). El Señor no sólo es fundamento, sino tam­bién el armazón de este edificio espiritual: «en quien todo el edificio, bien coordinado, va cre­ciendo... en alguien vosotros también [los creyentes gentiles de Efeso y todos los que les han seguido] sois juntamente edificados para la morada de Dios en el Espíritu» (Ef. 2:21 y 22). Esta figura del edificio aprovecha las profecías del Antiguo Testamento sobre la «piedra» como símbolo mesiánico (Sal. 118:22; Is. 28:16) y nos hace ver cómo los creyentes, sacados ,como Pedro de la cantera del mundo, pueden unirse sobre la base de la persona y la obra de Cristo, llegando a ser, a pesar de su diversidad como personas, una uni­dad esencial (Jn. 17:20-23), cumpliendo así los propósitos eternos de Dios. Pedro se vale de la misma figura en 1.* Pedro 2:4-10; pasaje que se puede considerar como la explicación y el comen­tario que el apóstol hace de la declaración del Se­ñor: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.»

B. El santuario (Ef. 2:21). Es natural que un edificio llegue a ser también una morada, pero en este caso el que se digna residir en el edificio es­piritual de la iglesia no es otro sino Dios mismo, de modo que viene a ser un «templo santo en el Señor». La palabra griega traducida por «tem­plo» es naos, o sea, «un santuario»: el lugar san­tísimo del templo donde la gloria de Dios se manifestaba. Como hicimos notar al comentar Juan 2:18-21, la Iglesia sustituye el templo de Salomón como lugar y medio para la manifestación de la gloria de Dios en la tierra. ¡Solemne responsabi­lidad que recae sobre cada miembro de la Iglesia de ser fiel a su vocación!

C. El cuerpo (EL 1:23; 2:16; 4:4-16). ¡He aquí la figura más amplia y completa como designa­ción de la Iglesia universal! Ya no son piedras que se traen y se colocan en un edificio, sino miembros llenos de vitalidad que conjuntamente forman un organismo del cual Cristo es la Cabeza y el Espíritu Santo es el agente que articula esa unidad viviente. La figura en Efesios 4:4-16 surge de la enseñanza que el apóstol da sobre la divina provisión hecha para la edificación de todos los creyentes por medio de los dones que el Señor as­cendido concedió a la Iglesia, y podemos subra­yar los siguientes conceptos:

1. El cuerpo es uno e indivisible. Los hombres no crearon esta unidad y no la pueden destruir. La exhortación es que la guardemos en sus mani­festaciones por un trato amoroso y humilde con nuestros hermanos.

2. Hay una norma de perfección, que es «la medida de la estatura de la plenitud de Cristo»: meta del desarrollo y el crecimiento del cuerpo (Ef. 4:13).

3. Para este desarrollo cada «juntura», o sea, cada miembro, tiene el deber de suplir algo para el bien de la totalidad del cuerpo según el don que el Señor haya concedido a cada uno. Se des­tacan especialmente los grandes dones —apósto­les, profetas, evangelistas, pastores y doctores—, pero se hace constar que «a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo» (Ef. 4:7 y 11). El que no contribuye al crecimiento y al bienestar del cuerpo por la hu­milde administración del don que ha recibido, perjudica todo el organismo.

Pablo desarrolla la misma figura con mayor amplitud en 1.a Corintios 12, en relación con la iglesia local, pero mucho de lo que se dice allí se puede aplicar también a la Iglesia uni­versal.

D. La esposa (Ef. 5:22-33). Entre Cristo y Su Iglesia, además de la unión vital que se simboliza por el cuerpo, existe amor mutuo y comunión, que hallan su expresión en la hermosa figura de la esposa y en el pasaje señalado se hace un ex­tenso parangón entre las relaciones del marido y la mujer y las de Cristo y la Iglesia: «Mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia» (Ef. 5:32). Hemos de comprender que la realidad de la Igle­sia, y la de sus benditas relaciones con su Señor, es tan variada y tan rica en matices que no podía representarse por un solo símbolo, y de ahí nace la sucesión de figuras que estamos meditando. La figura de la «esposa» hace posible presentar el amor mutuo entre ambos, y la obra del «Esposo» a favor de la amada hasta el día de la presenta­ción última (Ef. 5:25-27). Esta bendita consuma­ción se halla descrita en Apocalipsis 19:7-9.

 

VIII.   La ciudad del Apocalipsis

 

«La gran ciudad santa de Jerusalén que des­cendía del cielo» (Ap. 21:10) se identifica con «la desposada, la esposa del Cordero» (Ap. 21:9), y así aprendemos que es una magnífica descripción simbólica de la Iglesia glorificada, centro de la nueva creación. Todo en ella habla de luz, gloria y perfección; y el «santuario», que fue lugar de la manifestación de la gloria de Dios en la tierra, llega a ser ahora el foco de su resplandeciente luz en la edad eterna (Ap. 21:22 y 23). ¡Glorioso des­tino el de la Iglesia universal!

 

IX.   El ministerio de la Iglesia

 

La Iglesia universal se manifiesta aquí en la tierra únicamente por medio de la congregación local, y no hay ningún indicio en las Escrituras de grandes organizaciones que agrupan un núme­ro considerable de iglesias locales sobre una base nacional o regional, ni mucho menos de denomi­naciones que se distinguen por ciertas prácticas o doctrinas que les sean peculiares. Existían en la edad apostólica y sub-apostólica fuertes lazos de comunión entre las iglesias de distintas regiones, pero sin que una iglesia pudiera mandar en otra, y sin que una jerarquía eclesiástica operase por medio de principios de subordinación carnal. La Iglesia local tiene su sencilla organización y dis­ciplina, como veremos en el próximo estudio, pero es autónoma y responsable ante su Señor.

El tema del ministerio, por lo tanto, tiene que ver más bien con la Iglesia local, aunque ya he­mos visto que el Señor ascendido derramó sus preciosos dones para el beneficio de todo el «cuerpo». La lista de Efesios 4:11 es breve, pero incluye los dones del carácter más universal y más permanente. Es verdad que los apóstoles no han tenido sucesores; sin embargo, les fue conce­dido cimentar de tal forma el fundamento de la Iglesia que su obra permanece hasta hoy especialmente en el canon del Nuevo Testamento que encierra «la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Jud. 3). Los profetas daban mensajes di­rectos en los primeros tiempos de la Iglesia, pero desde que se terminó el Nuevo Testamento el don es más bien el de declarar lo que el Espíritu San­to ya nos ha dado en la Palabra, Los evangelistas anuncian ampliamente el mensaje de vida y fun­dan iglesias que después han de ser cuidadas por los pastores y edificadas por los doctores o maes­tros. Se puede decir que estos últimos dones son los más importantes en nuestros tiempos.

 

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Capítulo 20

LA IGLESIA LOCAL

 

I.   Su historia

 

Como en el caso de la Iglesia universal, encon­tramos una referencia a la iglesia local en ger­men en las palabras del mismo Señor: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nom­bre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18:17-20), pero su historia empieza en el día de Pente­costés. La predicación de Pedro fue bendecida de tal manera que tres mil almas se convirtieron al Señor y fueron bautizadas por el Espíritu en el aposento alto. Todos estos creyentes se sintieron unidos los unos a los otros, y todos a Cristo; lo que dio por resultado que hicieran vida en co­mún, hasta donde les fue posible, como una gran «familia» cristiana, perseverando en la doctrina de los apóstoles y cumpliendo las ordenanzas del Señor (Hch. 2:41-47). He aquí, pues, la primera iglesia local, que, hasta su dispersión, coincidía prácticamente con la Iglesia universal, ya que el testimonio no se había extendido fuera de Jerusalén.

Después de la persecución que se levantó a raíz del martirio de Esteban, los creyentes en Jerusalén, en su mayor parte, fueron esparcidos; pero, lejos de callar el mensaje, «iban por todas partes anunciando el evangelio» (Hch. 8:4). En los muchos sitios en que el Señor prosperó su testimo­nio, se iban formando grupos de creyentes, que fueron corroborados por visitas de los apóstoles de Jerusalén (Hch. 9:32). Por medio de este proce­dimiento, y dentro de un período relativamente breve, se hallaban iglesias locales esparcidas por las tres grandes provincias de Palestina.

Después de abrirse la puerta de la fe a los gen­tiles (Hch. 10), y siendo llamado y preparado Pa­blo para su obra apostólica, fue posible que el Evangelio se hiciera extensivo a muchos países del mundo. En el curso de tres grandes expedicio­nes misioneras, Pablo plantó iglesias locales en muchas partes de Siria, Asia Menor y Grecia, se­gún la historia detallada que Lucas nos da en He­chos 13 a 20. Sin duda, los demás apóstoles lleva­ron a cabo una obra análoga en otras regiones.

Cuando la predicación y la labor de un obrero resultaban en la formación de una iglesia,-no quedaban en aquel sitio para pastorear el nuevo rebaño indefinidamente, sino que confiaban en que el Espíritu Santo levantara los dones necesa­rios en cada grupo, no sólo a los efectos de la vida interna del grupo, sino también con miras a la propagación del mensaje en el distrito circundan­te. Las iglesias no quedaban por eso abandona­das, sino que los apóstoles o sus delegados vol­vían de vez en cuando para la enseñanza y la guía de los rebaños, indicando, al mismo tiempo, anciano (idénticos con obispos y pastores) para el gobierno y el pastoreo permanente de las ovejas. Estos guías eran hombres que se habían destaca­do por su adelanto en las cosas del Señor, siendo reconocidos por su cuidado de la iglesia (Hch. 14: 21-23; 20:17-35; véase «Organización» abajo).

A estas iglesias iban dirigidas la mayor parte de las cartas apostólicas que, motivadas por algunas preguntas o por alguna necesidad de los creyentes de aquel tiempo, han llegado a ser «Pa­labra inspirada» para todos los tiempos.

 

II.   Su naturaleza

 

Sólo Dios puede ver la Iglesia universal en toda su extensión por el mundo y por los siglos, pero la iglesia local llega a ser Su reflejo y Su expresión en un sitio determinado de la tierra. Los nacidos de nuevo (otros no tienen parte ni suerte en el asunto) son «bautizados por un Espíritu en un cuerpo» (1 Co. 12:13), e impulsados por el hecho de formar parte del cuerpo místico de Cristo bus­can la comunión de otros miembros del mismo cuerpo, reuniéndose en cualquier edificio conve­niente para los efectos de los cultos y de la edifi­cación mutua, según el modelo apostólico (Ro. 16:5; 1 Co. 16:19; Co. 4:15; Flm. v. 2).

De la forma en que encontramos la enseñanza más completa sobre la Iglesia universal en Efesios, así hallamos las instrucciones detalladas so­bre la iglesia local en la Primera Epístola a los Co­rintios. Se desprende del estudio de esta epístola que habría un elemento de desorden en la iglesia de Corinto (la cual, por otra parte, era notable por su número, fe y dones) que motivó las repren­siones y las enseñanzas que nos sirven ahora de preciosa guía. Ya hemos visto la luz que el libro de Los Hechos arroja sobre el tema, y, desde lue­go, hay infinidad de referencias en las epístolas que ponen en foco el cuadro, con referencia espe­cial a las que se mandaron a los tesalonicenses y a los delegados apostólicos Timoteo y Tito.

Las figuras de la iglesia local. Muchas de las en­señanzas sobre la Iglesia universal tienen su aplicación a su expresión localizada, que también se destaca bajo las metáforas de edificio, santuario y cuerpo (1 Co. 3:9-17; 12:12-31; Ro. 12:4 y 5). Pero, como es lógico tratándose de grupos «palpables», compuestos de hombres y mujeres que se reúnen para fines prácticos, en este caso el énfasis recae sobre la responsabilidad de los miembros de la iglesia local, quienes han de dar efectividad a las grandes verdades que se expresan por medio de las figuras. Así, cada uno tenía que cuidar de la forma en que se sobreedificaba encima del único fundamento, CRISTO, que Pablo, como maestro arquitecto, había colocado en Corinto, pues había la triste posibilidad de traer la madera, el heno y la hojarasca de los esfuerzos carnales en lugar del oro, la plata y las piedras preciosas de las obras del Espíritu (1 Co. 3:9-15).

La totalidad de la iglesia local se llama tam­bién templo «santuario», pero en el caso de la igle­sia local le toca a cada creyente la responsabili­dad de apreciar el carácter sagrado del edificio espiritual, cuidando mucho de no cometer sacrile­gio por su mala conducta, su irreverencia o su in­disciplina (1 Co. 3:16 y 17). En la figura del cuer­po sobresale su peculiar función en el organismo, pues el bienestar de todos depende de la contri­bución espiritual de cada uno conforme al don que haya recibido (1 Co. 12:12-16).

 

III.   Su organización y su gobierno

 

En la iglesia local todo ha de hacerse decente­mente y con orden (1 Co. 14:40), pero el énfasis del Nuevo Testamento no recae sobre su organi­zación, sino sobre el poder vital del Espíritu, obrando libremente en todos los creyentes. De aquí resulta que la obra es mucho más que el car­go, hasta el punto de que el cargo pierde todo su valor si la obra espiritual que realmente se efec­túa no corresponde a la posición que el hermano ocupa.

A. La iglesia local es autónoma. Hay abundan­tes noticias de los fuertes lazos de comunión y de amor fraternal que unían las iglesias de la edad apostólica y aun sub-apostólica, pero no existe ninguna mención de la subordinación de unas a otras que fuesen más poderosas y más prestigio­sas por su número o por su posición geográfica. Asuntos de importancia general podían discutirse para que hubiera mayor luz y guía para todos, pero sin que se estableciera el dominio de ciertas iglesias sobre otras, ni mucho menos el de una je­rarquía eclesiástica. Así, la cuestión de la circun­cisión de los creyentes gentiles se trató entre los ancianos de la iglesia en Jerusalén y los represen­tantes de la de Antioquia, pero no hay el menor indicio de que la iglesia de Antioquía fuese subor­dinada a la de Jerusalén.

B. El cuidado de la iglesia está en las manos de los ancianos. Como se ha destacado ya, cada miembro tiene su responsabilidad especial en re­lación con la vida total de la iglesia, y ¡dichosa la iglesia que tenga abundancia de don pastoral que se manifieste en el tierno cuidado de todos por cada uno! Pero el libro de Los Hechos y las epís­tolas enseñan claramente que hermanos de ma­durez espiritual, de criterio y de conocimientos bíblicos, en quienes se manifiesta este don, han de ser reconocidos (1 Ts. 5:12 y 13; He. 13:17), formando conjuntamente el consejo de ancianos. Al principio, los mismos apóstoles pudieron per­cibir y dar reconocimiento a estos dones que surgían en el seno de cada iglesia local (y un misio­nero que funda una iglesia hoy en día ha de hacer igual), pero en las cartas que Pablo escribió a sus colegas Timoteo y Tito, quienes fueron enviados para la guía de las iglesias de Éfeso y de Creta, respectivamente, les dio claras instrucciones so­bre las calificaciones de estos guías para la ins­trucción de las iglesias a través de los siglos (1 Ti. 3:1-7; Tit. 1:5-9).

Según indicamos arriba, a estos guías se les lla­ma ancianos en vista de su madurez espiritual (que poco tiene que ver con la edad); obispos (me­jor «sobreveedores») por su obra en vigilar para el bien de la iglesia; pastores, por el tierno cuida­do que han de tener de las ovejas, proveyendo para todas sus necesidades espirituales en el po­der del Espíritu. Una comparación de Hechos 20:17,28 establece la identidad de «ancianos», «obispos» y «pastores», mientras que Pedro pone de manifiesto muy claramente que los ancianos y los pastores son las mismas personas (1 P. 5:1-4; véase también Tit. 1:5 y 7). Nunca se habla de un solo obispo o de un solo pastor de la iglesia local, ni mucho menos de un obispo de una región, pues la jerarquía moderna es una corrupción tardía de la sencillez apostólica, que, a su vez, siguió de cerca el modelo de la sinagoga de los judíos.

C. Los diáconos, o servidores de la iglesia. La palabra diácono quiere decir «servidor» o «mi­nistro», y, como tal, tiene una aplicación muy amplia en el Nuevo Testamento. Con todo, las ca­lificaciones de los diáconos que se nos presentan en 1 .a Timoteo 3:8-13, juntamente con la referencia de Filipenses 1:1 que les distingue de los santos y de los obispos, nos dan a entender que había ser­vidores señalados de las iglesias locales, quienes fueron también reconocidos para que pudieran llevar a cabo su obra con autoridad y con efica­cia. Por analogía con Hechos 6, muchos suponen que cuidan solamente de lo material, mientras que los ancianos se entienden con lo espiritual, pero es más probable que la esencia misma de diácono indique todo aquel que ministra en la iglesia, de la forma que sea, pudiendo ser recono­cidos los destacados de entre ellos.

 

IV.   La Iglesia reunida

 

A.   La reunión para el partimiento del pan se efectuaba normalmente el primer día de la sema­na (día de la resurrección del Señor y de la inau­guración de la nueva creación), según se des­prende de Hechos 20:7, donde la frase indica la costumbre de reunirse para este fin. No sería fácil que los creyentes del primer siglo se reunieran muchas veces en el día para diversos aspectos de los cultos, y hemos de suponer que, cuando la iglesia «se reunía en asamblea» (1 Co. 11:18, Ver­sión Moderna) se celebraba primero el partimien­to del pan, que ocupa el primer lugar en las ins­trucciones de Pablo, y que luego se dedicaban los hermanos a la oración y al ministerio de la Pala­bra para la edificación de todos, según las nor­mas del capítulo 14. Una cuidadosa lectura de los capítulos 12a 14 de esta epístola nos enseña que había una gran variedad de dones y de operacio­nes en la iglesia de Corinto, y que hubo lugar y oportunidad para su ejercicio dentro del buen or­den de la iglesia, sin que por eso se tratara de la intervención de todos, con o sin don. En la iglesia local hay libertad para el ejercicio de los dones que el Espíritu concede, y es responsabilidad de todos despertar su don especial, pero es un grave error suponer que todos los hermanos reciben el don de ministrar la Palabra en público.

B. Nuestra reunión de evangelización no se ve en el Nuevo Testamento, ya que no es propia­mente reunión de la iglesia local, sino sencilla­mente un medio, entre otros muchos, de anunciar la Palabra de Vida a los inconversos. Estos es­fuerzos de evangelización se realizaban más bien en las sinagogas, en las calles y en las plazas en los primeros años de la historia de la Iglesia, y en todo tiempo los evangelistas han de adaptar sus métodos a las circunstancias de su día, siempre dentro de las normas de la Palabra.

C. El ministerio. La base de todo ministerio, tanto público como privado, se halla en los dones que el Señor ascendido derramó sobre Su Iglesia cuando envió la «promesa del Padre» (Ef. 4:7-13; Ro, 12:3-8; 1 P. 4:10 y 11). Hemos notado en el es­tudio sobre la Iglesia universal que los dones que se mencionan en Efesios son de alta calidad y de valor permanente. Las listas de los dones en 1.a Corintios 12 son más largas y tienen más que ver con las necesidades inmediatas de la iglesia en Corinto. Dones milagrosos como sanidades y len­guas se necesitaban como señal de la operación del poder de Dios entre los hombres en los prime­ros tiempos, cuando aún no se había formado el canon del Nuevo Testamento. Pablo indica la in­ferioridad del don de lenguas (misterioso asunto sobre el cual hay gran diversidad de pareceres) al de la edificación y de la profecía y de clara indi­cación de que estas ayudas de la «edad infantil» de la Iglesia habían de ser anuladas o relegadas a segundo término al llegar lo que era «perfecto», o sea, la manifestación plena de la voluntad de Dios en el Nuevo Testamento (1 Co. 13:8-11). Todo el énfasis se coloca sobre la edificación de los creyentes, fuese por los mensajes de los profe­tas o por las enseñanzas y la exhortación basadas en la Palabra. En los primeros tiempos los profe­tas recibían mensajes directos porque los creyen­tes no podían apelar a las Escrituras del Nuevo Testamento, pero ahora la misma obra se hace por la exposición de la Palabra revelada.

 

V.   Las ordenanzas de la iglesia local

 

A. El bautismo. La predicación del bautismo formaba una parte integrante del anuncio del evangelio en los primeros tiempos, y aquellos que confesaban el nombre del Señor eran bautizados en el acto (Mt. 28:19; Hch. 2:37-41; 8:36-38; 10:44-48, etc.). Si el rito inicial se demora en nuestros días es por la dificultad en que nos ha­llamos de discernir entre la confesión falsa y la verdadera, y no porque el creyente haya de ganar madurez espiritual para estar en condiciones de bautizarse. Los mejores eruditos, aun muchos de la escuela de los «paidobautistas» (aquellos que bautizan a niños), reconocen que el bautismo no-votestamentario era por inmersión y bajo confe­sión de fe, y nos basta seguir las normas de la Pa­labra en tan importante punto.

El significado espiritual del bautismo se expo­ne en clarísimos términos por el apóstol Pablo en Romanos 6:1-10, por lo que comprendemos que señala la separación del creyente de todo lo anti­guo de su vida mundana y pecaminosa, puesto que, a la vista de Dios, su vida ya es «nueva» y derivándose de la del Cristo resucitado. Las «cos­tumbres» del cristianismo, que se derivan de la lenta corrupción de las prácticas apostólicas a través de ios siglos, han complicado mucho la hermosa sencillez del Nuevo Testamento (aun en­tre hermanos por otra parte muy fieles), pero quedan claros los siguientes hechos: 1) El bautis­mo por inmersión del creyente es un mandato del Señor (Mí. 28:19); 2) fue la constante práctica apostólica (véanse referencias arriba) y 3) encie­rra un profundísimo significado espiritual cuyo simbolismo puede representarse adecuadamente tan sólo por el descenso del creyente al «sepul­cro» de las aguas.

B. La cena del Señor. Los tres términos: «el partimiento del pan», «la mesa del Señor» y «la cena del Señor» indican distintos aspectos del mismo festín que fue instituido por el Señor en la víspera de Su pasión. Aparece el relato en los Evangelios según Mateo, Marcos y Lucas, confir­mándose también por una revelación especial que fue dada a Pablo (1 Co. i 1:23). Es el acto cen­tral de la vida y de la adoración de la Iglesia, y no puede descuidarse sin grave peligro de la sa­lud espiritual de la iglesia local. Es, sobre todo, un festín recordatorio en cuanto a la persona del Señor, quien se entregó a sí mismo por nosotros, pero también sirve para «proclamar su muerte» como hecho central de la vida de la Iglesia toda: 1) simboliza nuestra comunión (o participación) en todo el significado de Su muerte, y 2) ilustra la unidad de toda la Iglesia universal en Cristo y anticipa la venida, en persona, de nuestro Señor para recogernos (í Co. 10:16 y 17; 11:23-32).

El ágape era un festín de amor fraternal en el que la comunión de todos se manifestaba por co­mer en común, originándose en las espontáneas comidas de casa en casa de Hechos 2:46. Se prestaba a abusos, y el apóstol Pablo recomendó la separación del «ágape» (mera institución huma­na) de la cena del Señor (1 Co. 11:17-22). La idea del «ágape» persiste en el refrigerio que tornamos en nuestras «reuniones de iglesia».

 

VI.   La disciplina de la Iglesia local

 

La Iglesia es «santa» y es «de Dios», y, por lo tanto, ha de estar libre de pecados manifiestos que son incompatibles con su naturaleza. La pre­dicación de la Palabra, la oración, la mesa del Se­ñor y la comunión en general son «medios de gra­cia» que nos ayudan a ordenar nuestra vida en el temor y el amor del Señor. Cuando se pone de manifiesto que un hermano ha caído en una falta, o que esté en peligro de ello, entonces los espiri­tuales debieran restaurar al tal en un espíritu de humildad, ya que todos estamos expuestos al pe­ligro de tropezar (Gá. 6:1). Queda la triste posibi­lidad de pecados escandalosos de inmoralidad por parte de un hermano que persiste en prácti­cas que deshonran al Señor, o en la enseñanza de doctrinas erróneas. En este caso la iglesia local, por medio de sus ancianos, tiene la autoridad de separar el miembro rebelde de la comunión visi­ble de la iglesia, devolviéndole a aquel terreno del mundo donde Satanás es príncipe y señor. Desde luego, la frase «entregar a Satanás» no tie­ne nada que ver con la perdición eterna, pues las cuestiones de la vida o de la muerte eternas están en las manos del Señor. La escena de una solem­ne «entrega» se describe en 1.a Corintios 5:1-13. (Véanse también Mt. 18:17; Ro. 16:17; 2 Ts. 3:6; 1 Ti. 1:19 y 20; 2 Ti. 2:17 y 18; Tit. 3:10 y 11; 2 Jn. 10 y 11).

La finalidad de toda disciplina es la restaura­ción del pecador.

 

VII.   Membresía de la iglesia local

 

Nuestro epígrafe no es bíblico en su forma de expresión, ya que son los verdaderos miembros del cuerpo místico de Cristo quienes han de reu­nirse en determinado lugar para formar la iglesia local, y de todo lo que antecede se desprende fá­cilmente que el hecho de ser miembro de una iglesia local es totalmente distinto de la mera ad­hesión a una asociación mundana en la que un número de personas hallan intereses en común. Hemos de tomar muy en serio nuestra posición como «miembros» del cuerpo visible de Cristo en la tierra, reconociendo que su salud espiritual de­pende en parte de nosotros. Recibimos mucho en la iglesia local, pero eso no es lo más importante, pues hemos de preguntarnos: ¿En qué contribuyo yo para el bienestar de todos? ¿Estoy colocando metales preciosos u hojarasca sobre el fundamen­to de la iglesia? Habiendo recibido tanto del Se­ñor, ¿Cómo puedo demostrar mi gratitud?

 

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Capítulo 21

LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

 

I.   Definiciones

 

Las profecías no cumplidas de las Escrituras pertenecen a aquel ramo de la dogmática que se llama la escatología, o sea: las enseñanzas sobre «las últimas cosas». La segunda venida de Cristo en persona es doctrina fundamental, ya que Él mismo dijo con toda claridad: «Vendré otra vez, os tomaré a mí mismo», mientras que los ángeles, mensajeros celestiales del Señor, anunciaron a los apóstoles: «Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hch. 1:11). Frente a tales versículos, a los que se han de añadir las clarísi­mas enseñanzas de Pablo en 1.a Tesalonicenses 4:13-18, no comprendemos cómo puede haber creyentes que quisieran espiritualizar esta gran verdad, procurando hacer ver que la promesa de la venida se cumple en la muerte del creyente.

Al mismo tiempo, existe una diferencia obvia entre los hechos ya consumados de la redención y aquellos que se anuncian para un tiempo futu­ro. La profecía no se nos da para satisfacer una curiosidad vulgar ni admite, en sus detalles, un dogmatismo inflexible. Las claras profecías del Antiguo Testamento sobre la muerte del Mesías se cumplieron literalmente, pero no fueron enten­didas por los apóstoles antes de la resurrección, a pesar de que el Señor mismo las había subrayado con repetidas enseñanzas sobre la necesidad de Su muerte. De igual modo, tiene que haber mu­cho que queda en la penumbra en cuanto a los acontecimientos que han de tener lugar en el fu­turo, y haremos bien en atenernos al doble pro­pósito fundamental de la profecía: 1) el de orien­tar al creyente en medio de un mundo que va de mal en peor, y 2) el de animarle a velar y orar. La profecía no es precisamente un foco eléctrico para poner en evidencia todo cuanto ha de su­ceder en el porvenir (lo que nos haría más daño que bien), sino «un candil que alumbra en lugar oscuro» (2 P. 1:19, traducción literal), de utili­dad para que no tropecemos y para que ponga­mos la mira en la gran consumación que se es­pera.

Ha habido, y todavía existen, muchas escuelas de interpretación de la profecía, aun tratándose de amados hermanos que no desean otra cosa sino exponer la verdad según la han comprendi­do tras laboriosos y sinceros estudios de la Pala­bra. Este hecho debe salvarnos de un excesivo dogmatismo, y nunca debiéramos considerar a un hermano como hereje por su modo de enten­der los escritos proféticos, si es que admite plena­mente la verdad bíblica sobre la persona y la obra de Cristo. Adelantamos, pues, el esquema si­guiente en un espíritu humilde, creyendo que es el que mejor se amolda a toda la verdad bíblica, pero sin dogmatismos y sin la pretensión de que sea la única manera de entender los escritos pro­féticos.

Como el tratamiento detallado de la profecía sin cumplir no cae de lleno dentro del marco de este curso, hemos de abreviar muchísimo el bos­quejo de este complicadísimo tema.

 

II.   Las indicaciones de! Antiguo Testamento

 

Todos los escritos profetices anuncian una épo­ca de gloria para Israel, tras un largo período de disciplina por sus pecados, con la inauguración del Reino milenial, que se asocia con la manifes­tación del Mesías, o, lo que es lo mismo, a la luz del Nuevo Testamento, de Dios mismo (Is. 2:1-4, 10; 11:1-11; 40:9-11, etc.). Daniel, estadista de un imperio gentil además de israelita piadoso, inter­preta la visión de la gran imagen que señala a grandes rasgos la sucesión de los imperios genti­les desde la toma de Jerusalén por Nabucodonosor hasta la segunda venida de Cristo (Dn. 2:29-45). Más tarde recibe la notable profecía sobre su pueblo Israel de las «setenta semanas» de años, cuyo período comprende desde el edicto de res­taurar Jerusalén hasta la muerte del Mesías (69 semanas), quedando una semana por cumplir, después del paréntesis de la Iglesia, y que es de asolamientos en cuanto a Israel. Esta semana se relaciona con la «consumación decretada» de los propósitos de Dios en orden al mundo e Israel (Dn. 9:24-27).

 

III.   Las profecías del Señor Jesucristo

 

Cristo habla de Su venida y de la consumación desde dos puntos de vista:

A. En el monte de los Olivos pronuncia Su sermón profético, que recoge las profecías del An­tiguo Testamento (con referencia especial a las de Daniel) y manifiesta que Él mismo ha de volver en gloria después de la destrucción de Jerusalén y tras un largo período de apostasía, de guerras y rumores de guerras, de cataclismos terrestres, y, por último, de señales astronómicas. Todo parece llegar a una crisis final de tribulación que no es arriesgado identificar con la última semana de Daniel. «Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria» (Mt. 24; Mr. 13; Le. 21:7-36; 2 Ts. 1:9 y 10; Ap. 1:7).

B. En el cenáculo consuela a los suyos con la promesa de Su venida personal: «Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis...» (Jn. 14:1-3). Aquí el Señor está preparando la mente y el corazón de los suyos para su vida y su testimonio una vez que el Maes­tro haya salido de entre ellos, de modo que repre­sentan en esta ocasión a la Iglesia, a la que se da la precisa promesa del «recogimiento» al Señor para estar siempre con él.

 

IV.   Las indicaciones de las Epístolas

 

Hay un número considerable de referencias a la venida del Señor en las epístolas, casi todas ellas subrayando el aspecto más importante de la promesa: el efecto moral que ha de tener en la vida del creyente: «Todo aquel que tiene esta es­peranza en El, se purifica a sí mismo, así como Él es puro» (1 Jn. 3:3). Por lo que afecta al «plan profético», hemos de acudir a 1.° Corintios 15:51-57 con 1.a Tesalonicenses 4:13a5:lly2.a Tesalonicenses 1:7-12, donde hallamos los dos aspectos de la venida que ya vimos en las enseñanzas del mismo Señor: 1) La promesa del «recogimiento» de la Iglesia, en el que los que «duermen» prece­derán a los que son «cambiados» para ir juntos al encuentro del Señor en el aire, y 2) la venida en gloria para el juicio del mundo impío, que no po­drá realizarse antes de la manifestación del anti­cristo (Ap. 1:7; 1 Ts. 5:1-4 con 2 Ts. 2:1-4): atroz remedo del Cristo de Dios, cuya aparición será la culminación del «misterio de la iniquidad».

 

V.   El Apocalipsis

 

Los tres primeros capítulos son de introduc­ción, y las cartas a las siete iglesias indican las variadas condiciones del testimonio de ¡a Iglesia hasta la venida de Cristo. Los capítulos 4 y 5 pre­sentan simbólicamente la sublime escena refe­rente al «Cordero de Dios» (es decir, Cristo en la virtud de la consumación de la obra de expia­ción) cuando toma el «libro» de los destinos últi­mos de las naciones y rompe el primer sello. Des­de el capítulo 6 en adelante el rompimiento de los sellos, el sonido de las trompetas y el verter de los vasos reiteran los acontecimientos del tiem­po de la consumación, o sea, la última semana de Daniel. Unos paréntesis detallan más el levanta­miento y el curso del infame reinado del anti­cristo.

Como en el sermón profético y en 2." Tesalonicenses, este período de angustia termina con la aparición en gloria de Cristo para la derrota de las naciones enemigas en la batalla de Armagedón. El período de los «mil años» corresponde al reino de paz y de bendición que tantas veces se detalla en las profecías del Antiguo Testamento. Este «milenio» ha de entenderse de tres maneras: 1) Como el cumplimiento de las muchas prome­sas a Israel por las que había de ser el centro de un reino universal de paz y de bendición en la tierra, 2) como la última prueba de la raza huma­na, puesto que, habiendo vivido bajo óptimas con­diciones de gobierno y de prosperidad por mil años, con todo, cuando Satanás sea soltado para tentarles de nuevo, volverá a rebelarse una gran parte de los hombres, y 3) como una figura y an­ticipo de la nueva creación en el estado eterno, que explica el porqué muchas profecías del Antiguo Testamento describen este Reino como eterna­mente establecido, pues la visión profética pasa a la nueva tierra y los cielos nuevos, que habrán de reemplazar la antigua creación, tan profunda­mente manchada por el pecado. Este «nuevo or­den» divino será la consumación de todos los propósitos de Dios en relación con la creación y con los hombres, y en él los redimidos alcanzarán aquella perfección espiritual, moral e intelectual que Cristo les procuró con Su muerte y resurrec­ción. Dios morará en medio de los hombres, y al centro de la nueva creación se hallará la Iglesia glorificada que se simboliza por la «ciudad que Juan vio descender del Cielo» (Ap. 19 a 21).

 

VI.   El momento de la venida

 

Hemos visto que se destacan claramente dos aspectos de la venida: el que se relaciona con la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo, y el que tiene que ver con Israel y con el mundo. Es lógico su­poner que el «paréntesis» de la Iglesia se cierra con el recogimiento de la Iglesia según la descripción de 1." Tesalonicenses 4 y 1.a Corintios 15, cuando la luz profética vuelve a enfocarse en Is­rael, ya restaurado a su tierra en incredulidad. En tal caso, la última semana de Daniel se ocupa de la tribulación de los judíos, la manifestación del anticristo (el remedo de Cristo que el diablo pre­senta al mundo del renovado imperio romano) para ocupar el trono, y el surgir de la ciudad de «Babilonia», que es el sistema de falsa religión que sustituye a la Iglesia en el sistema diabólico. Esta breve semana abarca tanto la manifestación del imperio y de su impío rey con la última for­ma de «Babilonia», como también la destrucción de todos estos elementos satánicos por la mani­festación en gloria del Señor de señores.

Hay muchos estudiantes de la profecía que creen que la Iglesia habrá de pasar por este pe­ríodo, y que la venida para recoger a los santos y para juzgar ai mundo coinciden. No combatimos dogmáticamente esta interpretación, pero cree­mos que la esperanza inmediata de la venida de Cristo a por los suyos, con anterioridad a los acon­tecimientos de la última semana, se ajusta mejor a la totalidad de la enseñanza bíblica.

 

VII   El tribunal de Cristo

 

Los creyentes no tendrán que comparecer ante el augusto gran trono blanco que se describe en Apocalipsis 20:11-15, pues es el lugar de juicio de aquellos que mueren en su pecado por no haber aceptado a Cristo como su Salvador (Jn. 8:24), mientras que «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro. 8:1). Sin embar­go, este hecho no excusa a los cristianos de tener que rendir cuentas a su Maestro en cuanto a su fidelidad en el curso de su vida de servicio aquí, pues todos nosotros somos mayordomos y admi­nistradores de todo cuanto hayamos recibido del Señor.

Este principio se destaca en muchos lugares de las Escrituras, pero se detalla especialmente en 2.a Corintios 5:9 y 10; Romanos 14:7-12; 1.a Corin­tios 3:10-15; 4:1-5. Cuando Pablo habla del «día de Cristo», o de «Jesucristo», tiene delante este momento de manifestación que determinará la posición, el servicio y la recompensa de los redi­midos para toda la eternidad (Fil. 1:6; 2:15 y 16, etc.). Se ha de distinguir el «día del Señor», que es la frase novotestamentaria equivalente al «día de Jehová» del Antiguo Testamento y que se rela­ciona con el juicio del mundo y el establecimien­to del Reino.

Si el programa que hemos adelantado es co­rrecto, el tribunal de Cristo se celebrará entre el recogimiento de la Iglesia y la venida en gloria: el período que se denomina la parousía, o sea, la «presencia» del Señor con los suyos. Durante el mismo período tendrán lugar las bodas del Corde­ro, cuando la Iglesia, bajo la figura de esposa, será presentada a Cristo y unida a Él para toda la eternidad. Vemos por Apocalipsis 19:7-9, que este fausto acontecimiento precede la venida en gloría (Ap. 19:11-19).

 

VIII.   Las señales de la venida de Cristo

 

Muchos creyentes se parecen a los discípulos que preguntaron: «Dinos, ¿cuándo será esto? ¿y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo?» (Mt. 24:7; Mr. 13:4; Le. 21:7). Hemos de tener presente el peligro que antes señalamos: la curiosidad malsana en este asunto: El señor no repren­dió a Sus discípulos, pero las «señales» del ser­món profético consisten principalmente en las ca­racterísticas generales del período de Su ausen­cia de ellos, y queda terminantemente prohibido procurar fijar «el día y la hora» que el Padre re­serva a su solo conocimiento (Mt. 24:36; Hch. 1:7). Podemos creer que nos acercamos al fin de esta dispensación por las siguientes razones: 1) El au­mento de la frecuencia, la extensión y el poder destructor de las guerras, que amenazan aniqui­lar la civilización actual. 2) La extensión univer­sal de la predicación del Evangelio. 3) El retorno de los judíos en incredulidad a su tierra con la adquisición de su nacionalidad: una posición que no ha sido la suya desde el tiempo de los Macabeos. Sin duda, la preservación de la raza de Is­rael para este fin a través de los siglos y a pesar de determinados esfuerzos para exterminarla es un asombroso milagro histórico. La «higuera» que antes no llevó fruto brota otra vez, pues el cielo y la tierra pasarán, mas las palabras del Se­ñor no pasarán. Sin duda, Israel llegará a pose­sionarse de Jerusalén y de toda Palestina, y será el centro de los acontecimientos tanto durante la última semana de Daniel (para su dolor) como durante el milenio (para su gloria y bien). 4) La tendencia a la federación europea, que puede ser el preludio de la formación del renovado «Impe­rio romano»... «¡Velad, pues, porque no sabéis en qué día ha de venir vuestro Señor!» (Mt. 24:42).

 

IX.   El orden probable de los acontecimientos

 

A.   El retorno de los judíos a Palestina, que se está realizando en nuestros días, les dará por fin la posesión de toda Palestina y Jerusalén, lo que pondrá fin a «los tiempos de los gentiles».

B. En cualquier momento antes o después de la consumación de este proceso el Señor podrá venir en el aire para recoger a los suyos de la tie­rra, completando así Su Iglesia.

C. Se inaugurará la última semana de Daniel, durante la cual el Imperio de Roma federado sur­girá y se pondrá bajo el poder del anticristo. Este se aclamará como el salvador de los hombres en la gran crisis mundial que atravesamos, y por fin se hará adorar como dios. Los asuntos religiosos serán dirigidos por el falso profeta, quien guiará los asuntos de «Babilonia», el remedio diabólico de la Jerusalén celestial. Al principio, la «bestia» favorecerá a la nación de Israel y hará un pacto con ella, pero, a la mitad del período, romperá su pacto e iniciará una gran persecución que será el «tiempo del dolor de Judá», o sea, la «gran tribu­lación». Habrá fieles que confiesen a Jesús (qui­zás íntimamente ligados con el «resto fiel» de Israel) y muchos padecerán martirio. Desde el Tro­no, Dios visitará el mundo rebelde e impío con grandes y graves desastres que quedan simboli­zados por los sellos, trompetas y vasos del Apoca­lipsis.

D. En el cielo, el Señor se manifestará a los suyos en la parousia y se celebrarán el tribunal del Cristo y las bodas del Cordero.

E. El Señor aparecerá al mundo a la cabeza de los suyos y de las huestes celestiales. Las na­ciones estarán congregadas alrededor de Jerusa­lén en un esfuerzo último de dominar a Israel (Zac. 14:3 y 4), pero tendrán que vérselas con el Señor en la batalla de Armagedón, siendo derro­tadas y aniquiladas por la gloria del Cordero.

F. La bestia y el falso profeta serán lanzados directamente al lago de fuego, mientras que Sata­nás será preso en el abismo durante el milenio.

G. Cristo reinará sobre la tierra, asociando consigo en el gobierno a los fieles que perecieron en la gran tribulación (Jer. 30:7; Dn. 12:1; Mt. 24:21; Ap. 7:14). Se cumplirán las múltiples pro­fecías de los libros proféticos, pues castigados los rebeldes de Israel, y conservado milagrosamente el «resto fiel» de esta nación, toda ella se conver­tirá al Señor, y Palestina será el glorioso centro del Reino terrenal.

Es de suponer que la Iglesia, entidad siempre espiritual, gobernará en los «lugares celestiales».

H. Al final del milenio, Satanás será soltado para la última prueba de los hombres, y levanta­rá a Gog y Magog tras sí. Su derrota será rápida, y, echado el diablo en el lago de fuego (Ap. 21:10), se limpiará todo el universo de todos los elementos perversos en el gran trono blanco, y sólo los redimi­dos pasarán a habitar el cielo nuevo y la tierra nue­va (es decir, el universo reconstruido según princi­pios nuevos por la mano creadora de Dios para ser la morada apta de los justos (2 P. 3:4-13).

I. La Iglesia glorificada será el centro de la manifestación de la luz divina en el nuevo uni­verso (Ef. 2:7; Ap. 21:9; 22:5).

 

X.   El destino humano

 

Se puede decir que el tema del destino humano es el que nos toca más de cerca en la escatología.

¿Qué hemos de ser nosotros? ¿Qué hará Dios con el hombre? El futuro se enlaza con el pasado, y hemos de tener en cuenta que el propósito origi­nal de Dios al crear al hombre era «a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y enseño­ree...» (Gn. 1:26). Sólo el hombre, entre todas las criaturas aquí abajo, pudo tener comunión con Dios, por tener personalidad, cualidades morales y libre albedrío. Pareció que todo el plan de Dios quedaba frustrado cuando el hombre, cabeza de la creación, se valió de su libre albedrío para re­belarse contra su Creador, pero el consejo de la trinidad no puede quedar sin efecto por la inter­vención del diablo y la caída del hombre.

Por el glorioso misterio de la encarnación vino al mundo un hombre celestial en quien Dios pudo deleitarse, y quien pudo, como «Hijo del Hombre», cumplir los altos destinos de la huma­nidad (Sal. 8 con He. 2:6-9; véase capítulo 6). Al llevar en Su persona la responsabilidad legal y moral del hombre ante Dios en la obra de la ex­piación, el Dios-Hombre hizo posible que el peca­dor fuese reconciliado con Dios por medio del arrepentimiento y de la fe, y que, «recreado» en Cristo, fuese «renovado conforme a la imagen del que lo creó» (Col. 3:10).

Así que el pensamiento primordial de Dios para con el hombre se realiza en todo aquel que se une a Cristo por la fe: «Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen he­chos conformes a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29). La resurrección de los creyentes en la veni­da del Señor nos dará el «cuerpo espiritual», de nueva constitución, que será el vehículo perfecto del espíritu redimido y recreado en Cristo: «Y así como hemos traído la imagen del terrenal [Adán] traeremos también la imagen del celestial [Cristo]» (1 Co. 15:42-54; Ro. 8,:30; Fil. 3:20 y 21; Col. 3:4; 1 Jn. 3:2).

Muchas descripciones del cielo insinúan ideas erróneas o, por lo menos, inadecuadas en cuanto a la vida del hombre en el estado eterno, pues no se hace distinción entre las figuras que represen­tan la Iglesia glorificada y la gran realidad espiri­tual que nos espera. Hemos de tener en cuenta que la personalidad del hombre llegará a su per­fección a la semejanza del Hombre perfecto, sin mengua de su carácter distintivo. Disfrutará de una perfecta visión de Dios en Cristo, mientras que el nombre de Dios estará en su frente, o sea, la voluntad de Dios gobernará la vida en su tota­lidad.

No será una vida pasiva, ocupada solamente en alabanzas vocales, sino que «sus siervos le servi­rán» (Ap. 22:3 y 4). Todavía habrá servicio que cumplir, pero sin cansancio y sin limitaciones, dentro de la voluntad de Dios y la condición del hombre glorificado. El servicio encomendado a cada cual dependerá de la fidelidad con que ad­ministramos «lo poco» que hemos recibido en esta vida (Mt. 25:21; Le. 19:16 y 17, etc.). Si tan hermoso es el mundo en parte y tan sublimes mo­mentos tiene la vida humana aquí, a pesar de los estragos que resultan del pecado, ¿qué no será la vida de los redimidos allí en perfecta unión con Cristo en la nueva creación? «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Co. 2:9).

Hemos hablado del glorioso destino de los redi­midos, pero inevitablemente existirá la terrible contrapartida en cuanto a los rebeldes: «El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lan­zado al lago de fuego» (Ap. 20:15). Cuando Dios ofreció la vida a un mundo que había “muerto” por causa de su pecado, la ofreció en el Hijo. El que rechaza la vida eterna en Cristo queda sin vida, o sea, el estado de muerte espiritual y de separación de Dios se prolonga eternamente. La severidad de la sentencia de cada uno será “según sus obras”, con referencia especial a las oportunidades que el pecador haya rechazado.

 

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